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domingo, 6 de mayo de 2012

Si su majestad me requiere... (reposición :P)



(Recuperado y pelín retocado)



Soy lindo… lo sé.Y causo furor entre las damas... y entre algún que otro caballero de dudoso proceder.
Quizá porque no comparto el gusto general por la moda que impera en la corte y no sigo los usos y costumbres que este barroquismo decadente, recargado y cansino, nos impone.
Soy lord Charles, el bonito. La fama de mi belleza ruda y varonil se ha extendido por toda Inglaterra. Desde las más altas esferas hasta el último rincón de la campiña.
Huyo de la influencia amanerada que nos llega de la corte francesa. Demasiados lazos… demasiados polvos en los rostros que dan a los hombres aspecto de fulanas decrépitas, cuando no de auténticos payasos…

Acusé una vez de mono maricón al conde Peter Howards… y por poco doy con mis huesos en la cárcel. Afortunadamente gozo de los favores de importantes damas de la nobleza que usaron su influencia ante la reina y sólo tuve que dar públicas disculpas al conde y una exagerada compensación económica que restableció su honor. Pero nada puede cambiar la realidad. Peter Howards sigue siendo un mono maricón... con más dinero.
La insistencia y propaganda de mis célebres damas ante su majestad despertaron la curiosidad de la reina por conocerme. Por eso me invitó a su fiesta. Quería ver de cerca al hombre tosco y rudo que se niega a adoptar el exagerado refinamiento francés que tanto daño está haciendo al género masculino en Inglaterra. Tal vez su graciosa Majestad eche de menos un varón con modales menos exquisitos, pero capaz de hacer sentir a una dama de la realeza lo mismo que a cualquier villana de la campiña. Puede que desee ser simplemente una mujer y no una fábrica de herederos al trono.
Digo todo esto porque no me han pasado por alto las miradas intensas y provocadoras que su Majestad me lanza desde el inquieto abanico con el que pretende disimular su azoramiento. Veo algo más que curiosidad en sus ojos de reina. ¿Deseo? ¿Lascivia quizá?
Para un hombre como yo, acostumbrado a ser objeto de esta clase de miradas, no pasa desapercibido el fogoso interés de una mujer.
Junto a la reina, el soberano bosteza aburrido hasta que descubre el cruce de miradas descaradas entre la real dama y este intruso desgreñado que no se ajusta a los cánones de la moda palaciega. Probablemente no estará de acuerdo con su esposa y mi aspecto le debe resultar repulsivo, siendo él como es el más alto exponente de la cursilería dieciochesca.
La música de un tal Johann Sebastian Bach comienza a sonar en el amplio salón y me siento literalmente arrastrado por una cortesana que me sonríe con descaro. Es lady Marian, una de las damas de compañía de la reina a la que en alguna ocasión me vi obligado a consolar por sus múltiples rupturas amorosas.
-Su Majestad desea veros en privado –me dice con esa mirada de malicia que siempre me ha fascinado de ella.
-¿Vos también le hablásteis de mí? –me sorprendí. De cualquier otra no me hubiera llamado la atención, pero Marian tenía una especial querencia por el lindo lord Charles… que me había resultado engorrosa más de una vez. La lady daba por hecho que los memorables juegos de cama con que la obsequié en numerosas ocasiones le otorgaban ciertos derechos sobre este bonito varón, llegando incluso a pensar que, aquellos más que notables polvos, la llevarían hasta el altar agarrada de mi brazo.
Entiendo que soy un bien codiciado por cuanta dama se cruza en mi camino y quien tiene la suerte de complacerme en la cama no puede menos que desear hacerse con tan delicioso botín.
Pero yo no estoy hecho para ataduras que acaben con mi fama de macho inconquistable. Tengo una reputación que mantener y hay demasiadas damas que desean un hombre de verdad que las cabalgue.
-Su majestad os espera dentro de diez minutos en sus aposentos. –Continuó lady Marian sin desprenderse de aquella sonrisa en sus ojos y en sus labios carnosos que tantas veces he mordisqueado. – Y … -añadió en un tono amenazante que me chocó sobremanera .- si no accedierais a complacerle… temo que vuestra hermosa y masculina cabeza acabaría rodando por el suelo como una lacia sandía.
No sé por qué ...pero aquella insinuación me hizo sentir incómodo. Hasta ahora ninguna mujer me había amenazado por no cumplir sus deseos. Claro que yo… no había rechazado oferta alguna. No entendí pues,por qué habría de peligrar mi cabeza.
- Si su Majestad me requiere… no hagamos esperar a su Majestad.- dije finalmente molesto por aquella intimidación real, por otra parte innecesaria.
Busqué con la mirada a la reina y tanto ella como el soberano se habían retirado del salón, a pesar de que la fiesta continuaba en pleno apogeo y toda la estancia era una explosión de color y abuso de los más recargados adornos y ornamentos.
Me dejé guiar por Marian como un niño es llevado hasta su regalo de cumpleaños. Yacer con la reina sería, sin lugar a dudas, el más alto honor que mis codiciados genitales hubieran soñado jamás.
Lady Marian se detuvo al fin ante una puerta de exquisita madera noble con incrustaciones en oro y metales preciosos custodiada por dos hieráticos soldados que ni pestañearon al vernos llegar. Sin duda ya habían recibido estrictas órdenes de franquearnos la entrada. La cortesana iba a empujar la puerta cuando, mirándome aún con esa mirada llena de malicia que comenzaba a inquietarme, se volvió y me dijo.
- Espero que entiendas cuánto honor se te hace, lindo Charles. No nos dejes en mal lugar a cuanta dama hemos dado publicidad a tus … habilidades en las artes amatorias. Pórtate como un machote… y recuerda : si no complaces a su Majestad…
La última frase la adornó con un gesto que insistía sobre la tonta idea de hacer rodar mi cabeza. La verdad es que ya empezaba a enfadarme. ¿Cuándo se quejó dama alguna?
-Su Majestad será debidamente atendida. –aseguré mientras penetraba en la semi oscuridad de la alcoba real. Sólo tuve tiempo de ver una vez más aquella extraña sonrisita en los labios de Marian.
Al cerrar la noble puerta tras de mí me sorprendió escuchar dos voces femeninas en el pasillo que acababa de abandonar. Una era la de la propia lady Marian.
-¿Volvéis a la fiesta, Majestad?
-Así es -contestó la reina. –Ahora que el rey se retiró a sus aposentos… ¿querréis presentarme a ese semental del que tanto me habéis hablado?
No la vi... pero puedo imaginar la cara de arpía de Marian con esa sonrisa de mala pécora mirando de soslayo hacia la puerta por la que yo acababa de entrar.
-Hmmm Lo dudo, mi reina. Creo que estos momentos está ocupado en asuntos... reales.

viernes, 4 de mayo de 2012

Génesis de una guerra


No andaba a cuatro patas ni rugía como un felino, así que no era un león a pesar de la larga melena que cubría su pequeña cabeza y le caía en suaves ondas oscuras hasta las rodillas. Su piel era tersa, como de nácar y sus ojos violetas brillaban con un destello de inteligencia que jamás vio entre sus compañeros del Jardín.
¿Qué seria? ¿Se podría comer? ¿sería venenoso?
Miraba extasiado a aquel ser hermoso y tan distinto al resto de animales, mientras un extraño aroma ponía en movimiento su instinto de macho. Se puso alerta. Aquella sensación era nueva. Diferente a todo. Como si presagiara cambios que alterasen su cómoda y sencilla existencia. Venían vientos de guerra, supuso. Una lucha por el territorio, quizá.
La intuición del peligro comenzó a anidar en su pecho y avanzó con más cautela. La desconfianza le hizo agudizar sus sentidos.
De pronto el raro animal sonrió deliciosamente mientras le tendía el fruto de un árbol y su pecho se hizo pequeño para albergar el corazón que latía con fuerza. Un sudor frío y nuevo bañó su piel y las piernas parecían no querer sostenerle.
Los ojos del intruso se clavaron en él intensamente, irresistiblemente, con una picardía sabia e inmesa. Casi incómoda y absolutamente incompresible para él.
El animal volvió a ofrecerle el fruto acercándose y sin dejar de sonreir.
Al fin lo aceptó sonriendo a su vez.
-Viene en son de paz -pensó él.


Las dos.


Julia se miraba al espejo. Se veía hermosa y joven aún, aunque alguna cana despuntaba en su cabello rojizo y a su rostro se asomaba alguna arruga, leve aún gracias al mimo que ponía en el cuidado de la piel. Sin embargo seguía siendo invisible para él.
Observó sus hombros anchos y redondeados y los acarició como él jamás lo hacía. Bajó los tirantes del vestido, despacio, recreándose en el acto, como quien mira un cuadro sin querer dañarlo con los ojos, dejando que cayera al suelo como un alma desprendida de sus sueños.
Miró su cuerpo lleno de curvas, protegido aún por la ropa interior. No era perfecto. Nunca lo había sido. Sus tres hijos-dos de ellos mellizos- se habían encargado de modelarlo y darle volumen. Pero más de uno había suspirado por tenerlo. Por tenerla a ella. Más de uno hubiera querido rodear aquellos pechos generosos, como ella hacía ahora.
Cerró los ojos dejándose llevar por las sensaciones que despertaban sus manos deslizándose con una caricia larga, lenta y prolongada, por su cuerpo maduro, pero vivo aún. No estaba muerta, aunque él la hiciera sentir así, con sus desmanes que la ninguneaban hasta hacerla desaparecer en aquella aureola de superioridad que lo rodeaba a él, ignorándola.
Se convenció a sí misma de que aún podía sentir, que su piel aún emitía música hermosa si se sabía tocar las notas exactas. Pero le faltaban dedos magistrales que quisieran hacerlo.
Juan apenas la tocaba.
Cuando las amigas hablaban de la fogosidad de sus hombres, ella se limitaba a asentir y sonreir con tristeza. Se llegaba a plantear si tal vez su hombre no era igual al resto. Quizá era un tópico aquello de que el varón estuviera siempre dispuesto. O puede que el suyo careciera de aquel instinto animal del que tanto alardeaban los varones. Si se trataba de éso no podía menos que lamentarse de su suerte. Pero si fuera así... ¿por qué le había sorprendido varias veces "consultando" páginas en internet de chicas en actitud erótica o por qué se le iban los ojos tras las jóvenes con las que se cruzaban por la calle?. Aquello sólo podía significar una cosa: que era ella la que no despertaba deseo en él. Que había dejado de ser atractiva.
Entonces se sentía fea, deforme, vieja. Una ruína de lo que fue esplendor y frescura. Y una infinita tristeza la abrazaba como el amante más cruel y humillante.
La indiferencia lacerante de Juan le creaba inseguridad y desprecio por sí misma. La hacía sentir como un trasto olvidado al que alguna vez se arrimaba para recordarle qu aún era su dueño. En aquellas excasas ocasiones él se mostraba generoso, es cierto. Pero jamás le había hecho sentirse especial, única y hermosa.
Julia se tocaba con tristeza. Casi con miedo. Y se percató de que las lágrimas mojaban sin piedad su rostro contraído por una mueca de dolor inmenso que la desgarraba como tantas veces.
No era igual. Jamás podría ser igual que el contacto cálido del hombre al que adoraba.
Sintió verguenza y tomó su vestido del suelo en un gesto rápido. Se lo puso sin atreverse a mirar en el espejo su rostro ruborizado y se secó las lágrimas mientras se dirigía a la cocina.
Ya eran las dos.

13 de Julio de 1983


Viernes 13 de Julio de 1983

Querido diario:

Hoy ha sido, sin duda, el mejor día del verano.
A eso de las 7 de la tarde, Luisa, Merche, Ramón, Eli y los tres sevillanos, han asaltado literalmente mi casa. Las chicas me han empujado hasta mi cuarto, han abierto mi armario y tras rebuscar entre mi ropa, han elegido por mí un vestido sencillo, pero coqueto y me han obligado a ponérmelo. Luego me arrastraron hasta el cuarto de baño y mientras Merche me peinaba, Luisa trasteó en mis pinturillas y sacó un brillo de labios con un ligero toque tostado y me embadurnó de colonia Farala, mientras Eli y la pequeña de los béticos me calzaban unos zapatos blancos de tacón bajo.
Yo me dejaba hacer sorprendida sin obtener respuesta a mis continuas preguntas sobre a qué venía todo aquel abordaje que me hacía sentir como una estrella de Hollywood.
Lo único que saqué en claro era que debía callarme y obedeciera sin más. Divertida y muerta de curiosidad opté por hacer caso.
Los chicos, en la planta baja, ya empezaban a impacientarse, cuando aparecí por fin en lo alto de la escalera como una diva, monísima de la muerte y sonriendo ante la perspectiva de lo que podría ser una sorpresa. Aunque ignoraba absolutamente cual sería la naturaleza de la misma.
Me guiaron por las calles del pueblo, arrastrándome de los brazos y cerrados en banda ante mi insistencia por pedir explicaciones.
Al llegar a la altura de la única pensión del pueblo se detuvieron con brusquedad. Rafa y Miguel (como buenos sevillanos) comenzaron a palmear y jalearme como si estuvieran en un tablao flamenco y yo fuera la primera bailaora del show.
Luisa me dio un empujón metiéndome de lleno en la boca del lobo.
El comedor de la pensión comenzó a dar vueltas a mi alrededor como una noria fantasmal y borrosa. Allí, medio cegada aún por el sol de la calle, en el claro oscuro de un rincón, frente a un enorme plato de filetes con patatas y junto a un chico casi albino… estaba Bernd.
El corazón se me encogió como una pasa. El estómago se me hundió hasta la espalda y las piernas comenzaron a bailar de forma autónoma.
Una sonrisa amplia, franca, divina, iluminó la cara de mi alemán. Se levantó torpemente, arrastrando la silla con mucho ruido y en dos zancadas se acercó hasta mí, tropezándose con sus propios pies.
¿Cómo describir ese momento? ¿Cómo explicar el sin fin de sensaciones que jugaban a envolvernos en una nebulosa llena de nervios, febril y mágica?
Allí estaba. Frente a mí. Mi teutón de piel morena y la sonrisa más hermosa del universo.
No lo esperaba. En su última carta me aseguró que no vendría este año. Yo ya me había resignado a no volver a verlo nunca más. Pero allí estaba. No sabía qué decirle. Me miraba… le miraba….hasta que un “you are pretty , honey” se escapó de sus labios. Me colgué de su cuello, ignorando por completo la mirada de juez que Encarna, la dueña de la pensión, nos dirigía desde la puerta.
El mundo se detuvo. El aire se aquietó. Me daba todo igual. Él había venido. Había venido por mí. Era lo único que importaba.
Ya me presentaría más tarde al chico que cenaba en la mesa junto a él. Sí. Más tarde. Habría tiempo para todo lo demás.

3 de Julio de 1983

VERANO (Diario de Marieta)



Martes 3 de Julio de 1983

Querido diario:

Hoy hemos ido de excursión. Debe ser que el calor no afecta tanto cuando se tienen diecinueve años o menos, porque a las cinco de la tarde hemos recogido nuestros bártulos y hemos tirado hacia el canal.
Nuestros bártulos son, básicamente, toneladas de agua, una guitarra y las ganas de pasarlo bien.
Nuestra energía es inagotable y el sol no es un candil ardiente sobre nuestras cabezas. Más bien parece alentarnos al juego y la risa.
Los sevillanos bromean con el pelo rojo de Luisi, Diego cuenta algún chiste… Ramón filosofea sobre la inmortalidad del cangrejo de río. Manolo toca la guitarra por soleares… Y Ángel y yo… intentamos rezagarnos.
Vamos ralentizando el paso dejando que nos adelanten los demás poco a poco, hasta quedarnos en la retaguardia.
Algún beso furtivo. Alguna canción al oído… sonrisas pícaras y cómplices.
A veces me toma tímidamente de la mano y me la suelta rápido cuando la cabeza de Eli se vuelve curiosa hacia nosotros, para volver a intentarlo esperando que nadie más nos interrumpa.
Por fin alguien decide que ha encontrado el sitio idóneo donde aparcar nuestra juventud despreocupada y nos sentamos a la sombra de unos pinos, en un círculo mágico de vida y alegría.
Frente a nosotros las ranas se lanzan al canal, arrancándole música al agua. Las flores silvestres nos regalan sus colores más rabiosos y el olor a jara se esparce por el aire como antídoto contra la tristeza.
Cualquier cosa es objeto de risa. Cualquier comentario nos despierta hilaridad y nos hace querer detener el tiempo en estos instantes de diversión y camaradería.
Ángel no se aparta de mi lado. Lo sorprendo alguna vez oliendo mi pelo, mientras yo, ajena a él, participo de aquella explosión de vida.
Es divertido. Es mágico. Un momento memorable para atesorar en el baúl del recuerdo. Puede que cuando sea una vieja (allá por los treinta) mire de soslayo estos instantes vividos y no pueda retener tantos detalles y no sea capaz de recordar cómo disfruté de ellos. Pero alguna sonrisa escapará de mis labios melancólicos, al saber que hubo una vez en que la vida no tenía prisa… y que fui joven.

20 de junio 1983


VERANO (Diario de Marieta)


Miércoles 20 de Junio de 1983



Querido diario:

Me gusta este pueblo. Es feo. Pero a mí me gusta. Tiene una luz especial que se refracta en las paredes de sus casas encaladas, como cientos de palomas unidas por sus alas.
Sólo tiene una calle asfaltada, por tanto si a alguien se le indica “vaya usted a la calle asfaltada” no tiene pérdida . Claro que, perderse aquí… es lo menos probable. Parece un pueblo del Oeste. Una ciudad sin ley donde todos se conocen y los vecinos se asoman curiosos a mirar a los “forasteros”, (así nos llaman) como perdonándoles la vida. Por sus miradas se deduce el recelo que provoca en ellos la llegada masiva de extraños en cuanto asoma Junio. Como si fuéramos la invasión de lagartos que vienen a dominarlos.
Entrar en la farmacia es toda una odisea. Te desnudan con la mirada y esperan con interés a que solicites del boticario o la manceba alguna medicina, para hacer sus cábalas sobre cual será el mal que te aqueja.
Nosotros nos divertimos mucho en la farmacia. Hoy hemos entrado Zoila, Luisa, Merche y yo con una conversación “pactada”. Yo aseguré que tendría a mi hijo, pero que jamás me casaría con su padre. A lo que mis amigas contestaron aprobando mi decisión y aportando algún que otro detalle sobre la calidad del individuo que pretendía tomarme por esposa.
Las caras de asombro y disgusto de las parroquianas que van a pasar el rato en la botica, no tenían precio. Oímos algún que otro comentario escandalizado y miradas inquisidoras. Pero aguantamos el tipo. Nos salió tan bien la pantomima, nos divertimos tanto, que juramos volver para poner al corriente del próximo capítulo a las vecinas. Se veía en sus caras que se morían de ganas por saber cómo terminará el culebrón.
Por las noches el pueblo se torna más vivo que nunca. Los forasteros acudimos como moscas a la discoteca al aire libre y ocupamos toda la pista.
Las chicas nos asesinan con la mirada. En cambio los chicos revolotean como abejorros a nuestro alrededor, cubata en mano y la cara coloradota de puro campo.
Todos los veranos la disco organiza un baile de disfraces. Y claro, como somos tantos en mi pandilla (a veces nos juntamos hasta 26 personas de diversas edades y puntos de la geografía del mundo mundial) nuestras posibilidades de ganar se multiplican. Vale… siempre ganamos. Esto, naturalmente, provoca el enojo de los lugareños que ven con muchísima rabia cómo acaban siempre los “extranjeros” llevándose el premio, que no suele ser más que un par de botellas de champán. Pero es SU champán.
Sus miradas son de lo más elocuentes. Se les lee en los ojos un “forasteros go home” absolutamente nítido.
Pero no les sirve de nada. Porque este pueblo pequeño, feo, insulso y blanco, tiene un imán especial. Y siempre volvemos. 

10- 16 de Junio -1983


VERANO (Diario de Marieta)




Domingo 10 de Junio de 1983.
Querido diario:
Ya están empezando a llegar todos. La pandilla se reúne después de tanto tiempo. Aunque se me antoja que este verano no será tan azul como el anterior. Básicamente porque el alemán no viene este año.
Nos hemos reencontrado casi todos. Luisa (la pelirroja), sus dos primas francesas, los hermanos belgas, los sevillanos, Zoila, Merche, Ramón, Eli, Diego,Willie, Manolo, Paco, etc, etc... y Ángel.
¡Qué hermoso es Ángel! Parece un efebo griego. Sus facciones perfectas, su piel tan morena como la de un mulato (hmmm mulato), su cuerpo fibroso de bailarín…
Zoila dice que es marica. Como si todos los bailarines tuvieran que serlo. Si se vuelve marica… será después de estar conmigo. (juasssss)
A mí no me lo parece, desde luego. Aunque según Carmen yo nunca me entero de nada.
Ángel me besa como un diablo. Con una seguridad que me produce temblores. No estoy enamorada de él. Pero me gusta. Me gusta muchísimo. Su perfil perfecto y delicado me recuerda las estatuas del ideal clásico. Sus maneras elegantes y su andar recto, con esa disciplina que da el baile. Sus ojos, oscuros como la noche., miran desde el pozo profundo de sus iris. Su voz aterciopelada, hipnotiza….
Que no hombre, que no. Que no es marica, ea.!
Sábado 16 de Junio de 1983
Querido diario:
Hoy se ha presentado Fidel por sorpresa. Según me dijo pasó la noche en el coche. Es soldado y no puede permitirse alquilar una habitación en la única pensión del pueblo.
No sé por qué ha venido. Bueno, sí. Lo sé. Pero no quiero tener nada que ver con él.
Creo que la incomodidad de pasar la noche en un Renault 5 no le va a servir de mucho. Le aseguré que perdía su fin de semana de permiso. Pero él insiste en que ha merecido la pena.
Me mira desde sus dos metros de altura y tal vez crea que me acompleja o que su capacidad de soborno es mayor porque yo sea pequeña. Pero no es así.
Me retuvo durante casi tres horas intentando convencerme de que su amor es sincero. ¡¡Jobar!! Que yo no quiero líos. Estoy bien así. Tuvo su momento. Estuvimos bien juntos. Pero ya está. Yo sólo quiero divertirme. Ya he comprobado que mi capacidad para enamorarme es nula. Lo digo claro cuando algún Romeo me declara su amor incondicional. Pero nada. No debo resultar creíble.
Soy joven. He vivido demasiado atada cuando era una cría. He estado subyugada y casi secuestrada por un jodido bastardo… Ahora me toca a mí. Ahora quiero ser yo la que utilice. La que decida. Quiero vengarme a mí misma. Sinceramente… No siento nada.
Fidel se marchó mordiéndose los labios y una lágrima furtiva, después de robarme un beso…

Verano (diario de Marieta)

-continuación de PRIMAVERA. (inacabada) -

Querido diario:
Entro en el verano de mi vida. Pasó la larga y terrible Primavera de mi adolescencia. Ahora estoy en la primera etapa de mi juventud y los miedos son distintos. O tal vez sean los mismos pero que, como yo, han crecido.

Gracias a Dios pasó la “Era Roberto”, aunque su fantasma me persiga y se haya convertido en mi sombra. Procuro ignorarla… pero está ahí. Impidiéndome ser feliz del todo. Manchando todo lo que toco y me pueda dar un mínimo de estabilidad emocional.
El recuerdo de sus abusos y sus palizas se empeña en acompañar los pasos de mi nueva etapa.
¿Cuándo se produjo la transición entre la adolescencia y la juventud? No me di cuenta. Quizá Curro representa el puente que me hizo cruzar hacia este lado. Desde sus ojos de caramelo, su deliciosa miopía que hacen que su mirada sea profunda y maravillosa. Desde su silencio elocuente y su profundo amor por mí.
Él me dio las alas para huir de Roberto. Por él tuve la valentía de enfrentar el terror que me causaba y fui capaz de hacer oídos sordos a sus amenazas.
Curro me ha enseñado a amar por primera vez. Pero yo… no he sabido aprovechar ese amor. Mis dudas lo han estropeado todo… y lo perdí. Teniendo la felicidad en mis manos… la dejé escapar. Tal vez es que no estaba preparada para ser feliz aún. O quizá es que no me lo merecía.
Todos los que han venido después han sido un mero ensayo del amor. Una búsqueda absurda por recuperar los sentimientos que aprendí a manifestar y sentir a su lado.
Creí que Raúl podría hacerme olvidar a Curro. Pero ni él, ni Ángel, ni José Manuel, ni Fidel, ni Bernd (a un millón de kilómetros desde Alemania) ,ni ningún otro, ha conseguido hacerme olvidar a Curro. Es más… creo que todos ellos me han servido para una especie de venganza inconsciente hacia Roberto.
Voy dejando cadáveres a mi paso. Víctimas de un odio acumulado hacia un sólo individuo pero que vuelco sobre todo el género masculino. Como si quisiera destruir a todo bicho viviente que se cruce en mi camino.

Incluso a Curro… “con quien tanto quería”.

El rap de tu cariño


Un poquito de humor. Es una chorrada... pero me pilló rapera el día que lo escribí. (jo... ¿y qué puñetas tengo yo que justificar? eek

XY ---¡Si yo te quiero, cari! te quiero a mi manera!
Sin besos ni caricias ¡mejor alguna mueca!
Te asalto con cosquillas, te hago pedorretas,
te retiro la silla, te agarro la coleta.

Te muestro mi cariño tomando por sorpresa
la cinta de tu pelo, soltando tu melena.
Piropos divertidos ¡Nada de "mi princesa"!
"Ranita de mi charco" ¡No sé de qué te quejas!

Te reto a peleillas, te compro piruletas,
te doblo las rodillas, me pierdo entre tus tetas.
Me buscas, no me encuentras -estoy bajo la mesa-
Te invito a que me sigas, haciendo piruetas.

XX ...Perdona que te diga, ya es hora que lo sepas:
Tu cariño me agota aunque admiro tu destreza.
Cuando me das un beso es toda una proeza
y nunca te lo he dicho: tienes sabor a fresa.
Me encanta que me abraces después de una pelea.
Cuando hacemos las paces el mundo es una fiesta.
Me invade de alegría buscar por todas partes
si consigo encontrarte debajo de la mesa.
Confieso que me gusta que me mimes y me halagues.
Ya sé que es imposible, lo tuyo es insondable.
No sé qué sentiría una muñeca hinchable.
Yo soy de carne y hueso, me gusta lo suave.

XY ---Te quiero "chingurrina", tú sabes que te quiero.
XX ...Lo tuyo no es cariño, lo tuyo es puro juego.
XY ---Soy Géminis, ranita, ligero como el viento.
XX ...Te siento como un niño, fugaz, seguro, incierto.
XY ---Te quiero a mi manera, lo mío no es el fuego.
XX ...¿Pues sabes qué te digo? ¡Al diablo con lo impuesto!
Te prefiero payaso a príncipe de cuento. biggrin

Derecho de pernada


Lo tenía frente a sí, por imperativo legal. El día de su boda. Sin haber conocido varón. Así cumplía su deber de vasallaje. Cualquier muchacha en su lugar se sentiría completamente desdichada por mancillar su honor, su virginidad, la pureza que le debía al esposo recién estrenado.
Su señor la miraba con mezcla de deseo y sorpresa. Esperaba encontrar una joven deshecha, rota por el dolor de lo que la mayoría consideraba una afrenta.
En cambio, Raquel lo observaba altiva. Con cierta timidez, pero sin odio, como acostumbraban las chicas que reclamaba para cumplir su derecho.
-¿No estás asustada? – preguntó el señor de la villa.
-¿Habría de estarlo? –replicó con una insolencia que agradó a Nuño de Benavente, hasta tal punto de provocarle una súbita e inesperada erección.
Conocía a Raquel. La había visto centenares de veces paseando por la plaza, ataviada con su sencillo vestido marrón de tosca tela, sus cabellos ambarinos despeinados, salvajes… La deseó desde el primer instante. Por eso concertó aquel absurdo casamiento. Fernando de Pinilla, ilustre relojero, recibió la noticia con sorpresa. Viudo hacía más de doce años, no había pensado en volver a tomar esposa. A su edad sólo deseaba traspasar el negocio a su hijo mayor y jubilar sus cansados ojos de aquel trabajo que requería precisión, buena vista y mano firme. Apenas sí era capaz de dirigir sus dedos para fabricar un buen reloj… cuánto menos lo sería para satisfacer el cuerpo de una moza joven, de formas lujuriosas y con unas exigencias sexuales que quedaban ya fuera de su alcance. Sin embargo, su señor Nuño lo había ordenado. Y así sería.
-¿Por qué? –insistió el feudal sintiendo crecer su excitación. -¿por qué no estás asustada? ¡Maldita sea!
-Mi señor tiene fama de forzar violentamente a las mujeres –comenzó ella sosteniéndole la mirada con soberbia. – Tal vez porque las demás mujeres se le han resistido a mi señor.
-¿Y tú no lo harás?
-Esta mujer sabe el destino que le espera. Vivir con un viejo que no se atreverá a tocarme. –Raquel se acercó a Nuño enjugándose los labios con la lengua. – Y mi señor… no permitirá que esta villana sepulte su deseo entre relojes y olor a naftalina.
-¿Eres virgen?
-Para vos.
Nuño de Benavente sonrió. Acarició con suavidad su pelo de caramelo como jamás pensó que haría con una de aquellas aldeanas desaliñadas a las que solía montar el día de su boda.
-He visto cómo me mirabais cada día. ¿por qué no ahorraros el trabajo de forzarme si mi deseo por vos es el mismo? – preguntó la muchacha acercándose aún más, sin pudor alguno.
Nuño, loco de deseo, descubrió un sentimiento nuevo e incómodo. Le haría el amor a esa muchacha. Y se lo haría como nunca antes lo había hecho. Dulcemente. Con una suavidad que en él desconocía, comenzó a desatar el corpiño de la villana, besando delicadamente su cuello. Oliendo cada rizo de ámbar. Sabiendo que el anciano relojero jamás poseería a la muchacha. Sospechando que en Raquel enterraría para siempre su derecho de pernada.

Botellas vacías

Este relato es de mi hija. No he podido resistir copiarlo aquí. (con su permiso) smile




Yo era un pirata de luces, pirata de viento, pirata de nada. Navegaba sin rumbo, con el céfiro a veces como aliado, a veces como enemigo que convocaba tormentas que yo enfrentaba gustoso. El mar gritaba historias y aventuras y yo, capitán altivo, hombre libre, acudía a su encuentro.
Pero cuando la noche caía me encontraba a solas conmigo...
Yo amaba mi barco y amaba mi mar infinito, y amaba las estrellas sin nombre, porque sin nombre podía amarlas a todas, besarlas a todas...pero ninguna era realmente mía, ninguna amaba en verdad. Ese lucero igual a aquel otro, como otra botella brillante y vacía.
Sí, eso tenía...muchas botellas vacías de ron, vacías de estrellas.
La madera crujía bajo mis botas en el tiempo en que todo está dormido y en silencio y el aire huele a salitre y a botellas vacías. Mi barco se mecía en la cuna del mar arrullado por la espuma. Y yo era una figura solitaria. Estaba conmigo y tenía miedo. Recorría con las manos el áspero cuerpo del timón que giraba indeciso, sin saber qué estrella perseguir esa noche.
Un capitán no es un capitán sin su parche. Yo no era tuerto, pero lo usaba, ¿qué clase de pirata no tiene ni parche ni estrella?
-Ah, por qué tenía que quedarse todo en silencio...No quiero oír el silencio, Céfiro, ¡aquí me tienes! ¡ lucha conmigo!
Pero nada ocurría y me quedaba otra vez solo con mis pensamientos...Y gritaba por oír mi voz y rompía las botellas vacías de estrellas y desgarraba las velas y conjuraba a Neptuno hasta quedar en el suelo sollozante.
Qué clase de pirata llora sin estrella...
Entonces arranqué el parche y miré directamente a los ojos negros de la noche. “¿Quién eres tú?” Pregunté con rabia a las estrellas sin nombre.
Y fue cuando la vi...sonaba a plata en mis oídos el canto de aquella sirena que me miraba desde arriba. Su cuerpo de espuma blanca de mar.
En mis largas noches de pirata había visto mil estrellas, pero jamás había contemplado la luna.
Quedó quieto entonces el timón, y sentí algo extraño, creo que era una sonrisa. Por fin tenía un rumbo. Tiré el parche por la borda, me despedí de las estrellas sin nombre que nunca amé y desperté a mi barco.
Y aquí me ves, en medio del océano pero con mi estrella. Aquí sigo, con sonrisa y con rumbo. Y ahora soy libre, porque amo a mi estrella. Sigo navegando, bebiendo los vientos, escuchando las historias que grita el mar. Ya no me da miedo estar solo, porque esa luna blanca es mi estrella. Busco el lugar donde el mar se une al cielo, porque esa luna blanca es mi estrella y tengo que ponerle nombre.


Irantzu Cruz Anes. 

Simple-compleja


ELLA

Me dices que eres simple y te sonríes biggrin
como si fuera una virtud o gran fortuna
y ante cualquier pregunta mía, inoportuna,
me acusas de ser rara de narices.
Defiendes que no debe haber matices,
que "en sí o en no" no caben dudas.
Opinas que no existen muchos grises.
Que el verde es un color y fruto una aceituna.
Preguntas angustiado "¿qué es el fucsia? eek
El hueso, el beige, el crema...¿son colores?
¿Por qué me martirizas con preguntas?
¿Acaso yo pregunto si me quieres?"
Mi llanto te parece una tortura.
Si te pido opinión no me haces caso.
Salir de compras es una locura.
Hablar de amor contigo es un atraso. sad

EL

Eres tan complicada que me asustas.
Le das la vuelta a todo, me confundes.
Tú no me das certezas : Insinúas.
¿Cómo voy a entender lo que me dices? eek
Si me rompo una uña, yo no lloro.
Si leo una novela...leo y punto.
No busco más allá ningún tesoro.
Termino la lectura... ¡y a otro asunto!
Si me encuentro una arruga... es que sonrío. smile
Si engordo no me riño en el espejo.
No voy en camiseta si hace frío.
No caigo en depresión si me hago viejo.
Y estoy contigo, a pesar de todo éso.

ELLA
EStás... pero más con los amigos.

EL
Ya sabes que los martes son sagrados...

ELLA
Pues ¿sabes con los sábados qué hago?

EL
¡Ya estamos otra vez con los castigos! sad


jueves, 3 de mayo de 2012

Perdóneme padre porque he pecado


-Ave María, Purísima…
-Sin pecado concebida.
-Perdóneme , padre, porque he pecado.
-Cuénteme, mi´ja
-Pues… usted verá, padre…me acuso… de tener pensamientos impuros.
-¿Pero otra vez, hija?
-Otra vez, padre. Pero es que usted no entiende mi desdicha. Usted no ve que, al menos una vez al mes, soy víctima de algún demonio más que malvado, que viene y me arrebata el sueño y me trae la ansiedad, padresito. Si fuera un varón…. pues que hasta le diría …pues … como que la amanecí con bandera izada…. Pero pues …como que no soy varón… pues …como que eso no se ve padre, pero siento unos nervios y una mojadera bien grande.
-¡Ay, Lupita por Diosito Santo! ¡qué regráfica que me´res…! Y bien, mi´ja… ¿qué pensamientos son ésos?
-Ah, pues! ¡Lo de siempre, padresito! Que no más amanecen las cuatro en la madrugada… y a mí me viene a la mente su cara, padre. Y pienso en usted…. Y como que me realboroto toda… Y siento que sus ojos azulotes y bien bellos me observan en la oscuridad y como que unas ansias bien tremendas se me concentran aquí, padre, ya usted ve… justo en esta zona que las mujeres decentes no nos tocamos. Y yo no lo hago, padresito, se lo juro, pero imagino cosas bien peores, digo yo. Y, entonces, siento como que los pechos se me ponen bien duros y gordototes, padre, como dos pitones mirando al cielo….
.-¡Virgen Santísima, Lupita! ¡Por el amor de nuestro Señor! No hace falta que seas tan expresiva.
-¡Pues tanto así, padre! ¿y entonces cómo iba a entender? Le decía que la punta de mis domingas se hacían grandes como ciruelas pasas, padresito. Y las ansias esas que le cuento van creciendo más y más y, para no caer en la tentación de tocarme allí… levanto mis brazos por encima de mi cabeza y agarro la almohada bien fuerte, padre, como para sujetarme las ganas ¿sabe usted?. Pero entonces…. Mi cuerpo se arquea como una ola… y de a poco ya es un mar encabritado, mire usted. Y ahí viene lo peor, padre… porque lo imagino a usted cubriéndome este cuerpo mío que ya parece un potro desbocadote, presa de un deseo bien enorme, padre… y puedo verle bien clarito a usted, padre ( y aquí me va a perdonar) pero … siento que sus manos intentan domar la locura que le entra a mi piel en estas noches y me sujetan firmes la cintura. Y luego usted se monta a ahorcajadas sobre mí como quien cubre yegua y, poco a poco, usted me va calmando esta especie de posesión diabólica que de a tanto viene a mi recámara, padresito, con la cosa enorme que le sale de la criadillera.
-Ya cálmate, Lupita. Son sólo alucinaciones del demonio.
-Pues yo le juro, padresito que le veo en esas noches tan claro como ahorita. Y tengo que levantarme bien temprano para ir al campo, padre, (que la cosecha no se recoge sola) pero con estas angustias que me entran … apenas duermo y voy a laborar hecha una piltrafa bien apaleada, padre.
-Bueno, bueno, hija…recemos juntos al Señor, para que el demonio no venga más veces de la cuenta a tu recámara… que en el pecado ya llevas tú la penitencia.
Por cierto, Lupita…
-Dígame, padresito.
-¿Te queda aún de la hierba que te di para que tomaras los días 7 de cada mes? Ya sabes que son importantísimas para ahuyentar (Dios nos asista) al mal diablo.

Si su majestad me requiere


Soy lindo… lo sé. Quizá porque no comparto el gusto general por la moda que impera en la corte y no sigo los usos y costumbres que este barroquismo decadente, recargado y cansino nos impone. Soy lord Charles, el bonito. La fama de mi belleza ruda y varonil se ha extendido por toda Inglaterra. Desde las más altas esferas hasta el último rincón de la campiña.
Huyo de la influencia amanerada que nos llega de la corte francesa. Demasiados lazos… demasiados polvos en los rostros que dan a los hombres aspecto de fulanas decrépitas cuando no de auténticos payasos…
Acusé una vez de mono maricón al conde Peter Howards… y por poco doy con mis huesos en la cárcel. Afortunadamente gozo de los favores de importantes damas de la nobleza que usaron su influencia ante la reina y sólo tuve que dar públicas disculpas al conde y una exagerada compensación económica que restableció su honor. Pero nada puede cambiar la realidad. Peter Howards sigue siendo un mono maricón con más dinero.
La insistencia y propaganda de mis célebres damas ante su majestad despertaron la curiosidad de la reina por conocerme. Por eso me invitó a su fiesta. Quería ver de cerca al hombre tosco y rudo que se niega a adoptar el exagerado refinamiento francés que tanto daño está haciendo al género masculino en Inglaterra. Tal vez su graciosa Majestad eche de menos un varón con modales menos exquisitos pero capaz de hacer sentir a una dama de la realeza lo mismo que a cualquier villana de la campiña. Puede que desee ser simplemente una mujer y no una fábrica de herederos al trono.
Digo todo esto porque no me han pasado por alto las miradas intensas y provocadoras que su Majestad me lanza desde el inquieto abanico con el que pretende disimular su azoramiento. Veo algo más que curiosidad en sus ojos de reina. ¿Deseo? ¿Lascivia quizá?
Para un hombre como yo, acostumbrado a ser objeto de esta clase de miradas, no pasa desapercibido el fogoso interés de una mujer.
Junto a la reina, el soberano bosteza aburrido hasta que descubre el cruce de miradas descaradas entre la real dama y este intruso desgreñado que no se ajusta a los cánones de la moda palaciega. Probablemente no estará de acuerdo con su esposa y mi aspecto le debe resultar repulsivo, siendo él como es el más alto exponente de la cursilería dieciochesca.
La música de un tal Johann Sebastian Bach comienza a sonar en el amplio salón y me siento literalmente arrastrado por una cortesana que me sonríe con descaro. Es lady Marian, una de las damas de compañía de la reina a la que en alguna ocasión me vi obligado a consolar por sus múltiples rupturas amorosas.
-Su Majestad desea veros en privado –me dice con esa mirada de malicia que siempre me ha fascinado de ella.
-¿Vos también le hablasteis de mí? –me sorprendí. De cualquier otra no me hubiera llamado la atención, pero Marian tenía una especial querencia por el lindo lord Charles… que me había resultado engorrosa más de una vez. La lady daba por hecho que los memorables juegos de cama con que la obsequié en numerosas ocasiones le otorgaban ciertos derechos sobre este bonito varón, llegando incluso a pensar que, aquellos más que notables polvos, la llevarían hasta el altar agarrada de mi brazo.
Entiendo que soy un bien codiciado por cuanta dama se cruza en mi camino y quien tiene la suerte de complacerme en la cama no puede menos que desear hacerse con tan delicioso botín.
Pero yo no estoy hecho para ataduras que acaben con mi fama de macho inconquistable. Tengo una reputación que mantener y hay demasiadas damas que desean un hombre de verdad que las cabalgue.
-Su majestad os espera dentro de diez minutos en sus aposentos. –Continuó lady Marian sin desprenderse de aquella sonrisa en sus ojos y en sus labios carnosos que tantas veces he mordisqueado. – Y … -añadió en un tono amenazante que me chocó sobremanera .- si no accedierais a complacerle… temo que vuestra hermosa y masculina cabeza acabaría rodando por el suelo como una lacia sandía.
Sin saber por qué me sentí incómodo. Hasta ahora ninguna mujer me había amenazado por no cumplir sus deseos. Claro que yo… no había rechazado oferta alguna.
- Si su Majestad me requiere… no hagamos esperar a su Majestad.- dije finalmente aún sin entender aquella intimidación real, por otra parte innecesaria.
Busqué con la mirada a la reina y tanto ella como el soberano se habían retirado del salón, a pesar de que la fiesta continuaba en pleno apogeo y toda la estancia era una explosión de color y abuso de los más recargados adornos y ornamentos.
Me dejé guiar por Marian como un niño es llevado hasta su regalo de cumpleaños. Yacer con la reina sería, sin lugar a dudas, el más alto honor que mis codiciados genitales hubieran soñado jamás.
Lady Marian se detuvo al fin ante una puerta de exquisita madera noble con incrustaciones en oro y metales preciosos custodiada por dos hieráticos soldados que ni pestañearon al vernos llegar. Sin duda ya habían recibido estrictas órdenes de franquearnos la entrada. La cortesana iba a empujar la puerta cuando, mirándome aún con esa mirada llena de malicia que comenzaba a inquietarme, se volvió y me dijo.
- Espero que entiendas cuánto honor se te hace, lindo Charles. No nos dejes en mal lugar a cuanta dama hemos dado publicidad a tus … habilidades en las artes amatorias. Pórtate como un machote… y recuerda : Si no complaces a su Majestad…
La última frase la adornó con un gesto que insistía sobre la tonta idea de hacer rodar mi cabeza. La verdad es que ya empezaba a enfadarme. ¿Cuándo se quejó dama alguna?
-Su Majestad será debidamente atendida. –aseguré mientras penetraba en la semi oscuridad de la alcoba real. Sólo tuve tiempo de ver una vez más aquella extraña sonrisita en los labios de Marian.
Al cerrar la noble puerta tras de mí me sorprendió escuchar dos voces femeninas en el pasillo que acababa de abandonar. Una era la de la propia lady Marian.
-¿Volvéis a la fiesta, Majestad?
-Así es -contestó la reina. –Ahora que el rey se retiró a sus aposentos… ¿querréis presentarme a ese semental del que tanto me habéis hablado?

A pesar de todo...


-Que ni piense que voy a ser yo el primero en tocarla. Mírala… ahí está ella… dando vueltas en la cama… rozándome disimuladamente… como si yo no fuera a darme cuenta de lo que pretende. Pero lo nuestro no tiene arreglo ya. Está decidido. Es el fin. Pero… ¡qué carajo! Restriega sus muslos en mis rodillas distraídamente y yo sé que lo hace queriendo. ¿De verdad cree que conseguirá algo haciéndome sentir sus pezones puntiagudos en mi espalda? Si es que ya no la soporto…
Hmmm ¡vaya! ¿qué te parece? Ya ni se molesta en disimular. Me acaricia descaradamente la columna con las yemas de sus dedos. Suavemente. Como si me estuviera pidiendo perdón. Pero yo ya no quiero perdonarla. Recorre mi espalda lentamente, dibujando mi silueta. La nuca… el cuello… la curva de mis hombros… No lo conseguirá. Que se le quite de la cabeza. Sus trucos de Eva ya no dan resultado conmigo.
Pero ella sigue. Sus manos resbalan por mi cintura y bajan por los glúteos dibujando círculos concéntricos lento… muy lento… ¡joder! ¿pues no que…? Me está “atacando” la delantera… como quien no quiere la cosa. No lo conseguirá. ¿O sí? Después de todo yo soy un hombre y ella es una hembra hermosa.
De acuerdo!! Pero no te equivoques. Esto no es lo que parece. Volteo hacia ella y la miro en la penumbra. Su cabeza apoyada en la almohada… la silueta de sus hombros recortándose a contra luz … sus piernas moviéndose provocadoras… No sé si darle un puñetazo o devorarla. Al fin mi mano se va sola hacia su cuello y en lugar de ahogarla acaricio suavemente su garganta y voy bajando hasta sus pechos. Los mismos que libé durante años. Los únicos que me han hecho hombre y niño al mismo tiempo. Mi excitación ya no se puede ocultar. Estoy a su merced y ella lo sabe. Al final lo ha conseguido y ya no puedo dejar de tocarla. Lentamente al principio… recorriendo su piel que se me escapa y, casi con tristeza, mis dedos hacen el camino aprendido después de tanto tiempo.
Mis manos derraman caricias dulces pero ahora ya mis dedos son garras que aprietan, estrujan, aprisionan. Mi boca busca con urgencia su pecho ansioso y mis ganas de morderla aumentan cada vez que la siento bella y odiosa. No te soporto… te deseo… te odio… te amo… te odio…
La acaricio con furia y ella lo goza. No se me resiste y sé que disfruta mi ira tanto como yo. Gime, se arquea, se restriega contra mí pidiéndome más violencia incruenta, más pasión. Me anima a seguir con sus movimientos arrítmicos y cada vez más descarados. Exploro entre sus piernas… se me abre como un cofre… como siempre ha hecho. Generosa. Dispuesta siempre para mí, sin una queja. Su humedad me excita y acelera mis ganas de entrar una vez más en mis dominios. Pero son mis labios los que descienden hacia ella. Y sus jugos me recuerdan la hiel y la miel de nuestra vida juntos.
Se me entrega. Siempre se me entrega y su boca ávida y ansiosa sale en busca de mi dureza con la urgencia del que siente que algo se le escapa. Mi pene es suyo y ella lo sabe. Con él aprendió y con él se convirtió en maestra.
Ahora somos uno. Y juntos nos vamos al cielo desde el infierno que somos.
Me dejo caer sobre su pecho acelerado. Beso sus pezones nuevamente con dulzura y nos vuelve la pena y la nostalgia.
-No pienses que esto cambia nada- me dice sin embargo.
-No hablemos de eso ahora.-contesto con amargura.-No enturbiemos el momento. Ya hablaremos mañana.
Y cuando llega mañana los dos sabemos que es cierto. Nos seguiremos amando… pero ya no hay marcha atrás. Tan sólo buscaré su cuerpo y ella el mío, alguna vez. Cuando sintamos que los lazos del deseo son más fuertes que la imposibilidad de vivir juntos.

Tan sólo un beso...

-Ayer hice una tontería.
-Ajá.
-¿Pero a dónde iba a ir yo? ¡Pobre idiota! Si no tengo dónde ir…
-Tu reacción fue desproporcionada.
-Puede. Sólo necesitaba un beso.
-Estabas dormida.
-No importa. Con un beso… me hubiera quedado tranquila.
-Pensaba hacerlo… más tarde.
-Ya. El problema es que yo nunca soy lo primero.
-¿Después de cómo te pusiste? ¡se me quitan las ganas!
Anoche ella hizo su maleta. Metió cuatro prendas desordenadamente. Cogió un poco de dinero y se lanzó a la calle rumbo a… ¿a dónde? ¿a la estación? ¿para qué? Sólo para que él se lo impidiera. Pero no lo hizo. Vagó la madrugada como un zombie estúpido, esperando una reacción que nunca se produjo. Ni fue tras de ella… ni la llamó.
Comprendió lo absurdo de su escena y volvió despacio a casa, arrastrando su maleta llena de ilusas ideas. No entró en seguida. Se sentó en la escalera y dejó que sus ojos descargaran un llanto que la acusaba de idiotez y pretensión.
-¿Por qué siempre espero que reacciones como un hombre?
-Sabes que no pienso ir tras de ti.
-Lo sé. Y aún así… sigo esperando.
-No te canses.
-Ya lo he hecho.
En algún otro lugar, un hombre la esperaba con el corazón ilusionado. Deseando amarla . Dispuesto a luchar por ella.
En algún rincón de la esperanza, otro hombre la imaginó subiendo al tren de la felicidad que ambos merecían.

Diálogo X y

-Quiero que me hagas el amor.-dijo en tono mimoso, acurrucándose en las sábanas.
-Yo quiero follar.- dijo él sin mirarla.
-Quiero que libes de mis pechos saciando mis ansias sin prisas…
-Yo quiero sorberte los pezones… y morderlos… y dejarte la señal de mis dientes.
-Quiero que acaricies dulcemente cada poro de mi cuerpo y me descubras lugares nuevos.
-Yo quiero arrancarte la piel a tiras.
-Quiero que me hagas tuya con ternura, hasta hacerme llorar de placer.
-Yo quiero montarte como una potra salvaje… y clavarte las espuelas hasta sentirte desbocada y grites y me arañes…
-¡Desde luego…! Tienes el romanticismo donde yo me sé. –Ella se incorporó enojada e intentó salirse del lecho.
-¡Ven aquí! –Él la sujetó por el brazo, impidiéndoselo y sonriendo divertido.
-Definitivamente… tú y yo tenemos visiones muy distintas del amor.
-Bueno… pero la finalidad… es la misma ¿no?
Marte abrazó a Venus… y la notó receptiva, después de todo.
Cada uno en un lado opuesto, diferentes hasta la exasperación… y sin embargo… condenados a entenderse…

¡¡Yo quiero un negro!!

-Pero hija… alguno habrá que te guste!! - El rey miraba desesperado a su hermosa hija después de haber rechazado a cuanto príncipe solicitaba su mano.
-Lo siento padre, pero yo… yo quiero un negro.
Así respondía siempre, como un mantra . El rey no podía entender aquella fijación de la princesa. ¡Aquellos malditos libros! Seguro que aquella absurda idea la había sacado de sus interminables jornadas encerrada en su cuarto, bajo una montaña de libros. La información puede ser peligrosa, se dijo el rey. La niña aprende, descubre, conoce… y claro… le entran las ansias. Si fuera dócil y obediente aceptaría sin discusión mis consejos y contraería matrimonio con quien a su padre le parezca bien… pero no… ¡mi niña quiere un negro! ¿y de dónde saco yo un príncipe negro para contentar a mi hija? De todos los herederos que vienen a mi reino solicitando su mano… ni uno es lo bastante oscuro para hacerla feliz.
Una tarde, la princesa caprichosa paseaba con su dama de compañía por el mercado y vio entre la multitud un gigante negro, hermosísimo, junto a un joven de aspecto saludable y atractivo, que clavó su mirada en ella quedándose prendado al instante de su porte altivo y su bello rostro. Pero ella sólo tuvo ojos para el negro enorme que lo acompañaba.
Corrió junto a su padre y le dio la feliz noticia de que había encontrado a quien sería su futuro marido.
-Pero hija… no es más que un sirviente del príncipe Blanco. Yo necesito un heredero para el trono… y ese negro del que hablas no es de sangre real.
-O ese negro… -replicó ella levantando la nariz – o no hay boda.
El rey, desesperado, mandó emisarios en busca del príncipe Blanco y le expuso la situación y las condiciones que su hija le ponía.
Blanco sintió un puñal de dolor ante el rechazo de la princesa y su preferencia por el negro, pero maquinó un plan seguro de que no podía fallarle.
Buscó a la dama de compañía de la princesa y habló con ella.
-Dile a tu ama que, esta noche, cuando la luna alcance las palmeras de su jardín, mi negro acudirá a su cita y le hará el amor hasta dejarla exhausta. Si queda complacida, le servirá de marido. Sólo una condición pongo: Que en ningún momento de la noche habrá de encender la lámpara. El encuentro será a oscuras y antes de que amanezca mi negro habrá de abandonar su alcoba.
Así se lo expuso la dama de compañía a su princesa y así lo aceptó ella, relamiéndose ante la perspectiva de que al fin su sueño se haría realidad.
Tal como acordaron, llegando la luna a rozar las palmeras del jardín, una figura saltó el muro alrededor de palacio y, más tarde, escalaba la pared de la torre alcanzando al fin la ventana del dormitorio principesco.
La princesa aguardaba ansiosa en su cama, desnuda y húmeda tan sólo imaginando la noche de pasión que le aguardaba.
No le defraudó su negro. Sus manos tan expertas, recorrieron su piel milímetro a milímetro. Su boca encontró lugares que ni ella sabía que existieran. Su lengua lamió cada poro reservado a aquella noche soñada tantas veces.
La montó de mil maneras como jinete experto que era. La penetró con pericia hasta la saciedad. Sintió su potencia sexual con admiración. Aquel pene no era humano –se dijo la princesa- Es cierto lo que he leído de los negros. Su verga es enorme, poderosa… única para hacer gozar a una mujer. ¡Ya sabía yo que sólo un negro sería capaz de complacerme.
Pero, como todo lo bueno, aquella pasión desatada en la alcoba tuvo su punto final. Antes de que la primera luz de la alborada se asomase a la ventana anunciado el día, Negro recordó que había de marcharse, con la promesa de un próximo encuentro y de alguna sorpresa antes de que acabara el día.
El rey… al enterarse de lo ocurrido aquella noche, quiso restablecer el honor de su hija y ordenó la presencia inmediata de Negro bajo amenaza de muerte. Éste acudió acompañado de Blanco, que le precedía feliz, aun con ojeras.
-Tendrás que casarte con mi hija –dijo pesaroso el rey que ya veía un futuro heredero color café. –Eso… o la decapitación.
Negro miró asustado a Blanco, suplicando que le sacara pronto de tal entuerto.
-Mi rey… -comenzó Blanco adelantándose.- No estaría bien casar a su hija con un … inocente. Pues Negro nada tiene que ver con la afrenta a vuestra hija. Sino un servidor que acudió anoche envuelto en la oscuridad sin ser reconocido. Yo yací con la princesa… así que es a mí a quien corresponde reponer su honra.
-¡Miente! –gritó Princesa furiosa – Yo estuve con Negro. Nadie más que un negro puede tener un… tan… ¡miente!
-Majestad – dijo Blanco con mucha tranquilidad. – permitidme que os informe de tal imposibilidad. Negro no ha podido hacer coyunta alguna… pues está tan castrado como un manso.
Dicho esto procedió a bajar los pantalones de su sirviente con un gesto ágil y rápido.
-Como veis… es imposible. Fui yo quien os hizo el amor anoche. Fui yo quien os arrancó esos gritos de placer. Yo quien posee la potencia que os dejó sin habla y complacida. Así pues… mía es vuestra mano.
-¡Nunca! –gritó Princesa obstinada. – Cierto es que nunca me topé con tamaña hermosura. Cierto que vos sois magnífico en las artes del amor y vuestra verga es digna de ser cetro real… pero es que yo…. ¡yo quiero un negro! eek biggrin

Informe buho

TOP SECRET.
“Había una vez tres muchachitas…. “
(los ángeles de Charlie)
El viaje hacia a aquel mundo desconocido y salvaje transcurrió sin incidencias a bordo de la nave nodriza Altarius, pilotada por el comandante Moore del que, por seguridad,no daré más datos., salvo que su experta mano consiguió aterrizar el vehículo-gusano sin incidencias y del que , como se me fue ordenado, me apeé con la misión de mezclarme entre los nativos sin llamar la atención a fin de pasar desapercibida y camuflarme cual camaleón de modo que nadie advirtiera mi presencia.
Arrastré mi kit de supervivencia debidamente equipado con todo lo necesario para sobrevivir en aquel mundo inhóspito y extraño. A saber,,, 1500 camisetas suficientemente escotadas (por si acaso) biggrin, cremas y potingues para renovar el museo de Prado si fuera menester, cámara de fotos (imprescindible) y teléfono móvil para entrar en contacto con mis compañeras de misión y a las que debería localizar a la mayor brevedad.
La consigna era divertirnos lo máximo posible sin causar bajas, y entregarnos a ello con total exclusividad
Las comisiones peligrosas nunca me han acobardado, así que , haciendo acopio de toda mi entereza y valentía me introduje en un extraño laberinto del que debía salir ilesa para continuar mi embajada. No fue fácil, lo confieso. Cuando me ví en aquel dédalo, admito que sentí la natural confusión ante lo desconocido, y comencé a librar una batalla contra la angustia que se empezaba a asentar en mi estómago al ver que ,por más vueltas que daba, no conseguía hallar la salida.
Así pues,decidí tomar contacto con un nativo, reconociendo humildemente mi incapacidad para salir sola de aquel enredo.
El amable ser me mandó hacia arriba… y yo… fui hacia la luz como alma que espera la salvación. Arriba me dijeron que abajo…. Abajo me volvieron a decir que arriba…. El caso es que , después de varios intentos fallidos conseguí alcanzar lo que vino en llamarse “Puerta de Atocha” por la que conseguir acceder a la atmósfera de aquel extraño planeta, que resultó ser bastante similar a la del mío… pero ligeramente más ardiente. Arrastrando mis bártulos, crucé una carretera sorteando peligrosos vehículos sin paciencia y un poco más allá… estaba mi objetivo. Llegué al hotel con ganas de soltar el kit de supervivencia y darme una ducha .
La cosa empezó…. regular. La puerta se negaba a darme acceso al interior de la habitación. El extraño artilugio a modo de llave no me dejaba entrar por más vueltas que le daba, hasta que al fin los hados se apiadaron de mí y pude acceder al interior. Una acogedora habitación que, sin embargo… tenía un defecto. : No había luz. Con la intrepidez que me caracteriza me lancé al artilugio de la mesilla y reclamé a recepción éste pequeño detalle. Con amabilidad que ocultaba un descohonamiento de órdago, la recepcionista me indicó que el mismo artilugio que servía para abrir la puerta se usaba para encender la luz… sólo era cuestión de introducir la tarjetita en la rendija correspondiente (como suele ocurrir con casi todo).
Por brevedad añadiré que la misión se llevó a cabo. Conseguí localizar a mis compañeras. Incluso establecimos contacto con algunos seres autóctonos que nos ayudaron a lograr nuestro objetivo y pudimos divertirnos como era nuestra obligación. Nos reímos mucho, comimos poco, bailamos y, sobre todo… anduvimos. Anduvimos mucho. Anduvimos un montón. Anduvimos … lo que no está en los escritos, vamos. Y luego ya… “andamos” como tontas. Los nativos tenían una frase fija en su vocabulario que conseguimos aprender con facilidad… “Aquí mismo”. Curiosamente el significado de estas palabras es distinto al de nuestro planeta, aunque fonéticamente se pronuncie igual.
El susodicho “aquí mismo”, indica que el lugar al que quieres llegar está a varios kilómetros de donde te encuentras.
Está bien este mundo raro, la verdad. Los nativos son geniales, atentos y con paciencia de enanos. Pero nos transmitieron una extraña enfermedad cuyo primer síntoma es enrojecimiento de ojos. Nos quisieron convencer de que aquello era consecuencia del aire acondicionado y la falta de sueño… pero no coló. También notamos dolor en los pies (en algunos casos acompañados de ampollas) que nada tiene que ver con habernos pateado todo el planeta (algunas veces en círculo). Yo estoy segura que se trata del mismo virus que nos inocularon los entes que nos sirvieron de guía.
El informe continúa más detalladamente. Sirva esta primera entrega como adelanto groso modo de lo acontecido durante la misión.
ADVERTENCIA… ESTE MENSAJE SE AUTODESTRUIRÁ EN 20 SEGUNDOS.
1…2…3…4…

La visita de un Dios (fin del capítulo i)

Era un cuarto no muy grande, circular y con pocos muebles: el catre en el que había estado echado Blay, un par de sillas, una mesa y una chimenea con hogar donde Quilvin preparaba sus pócimas mágicas y sus tisanas curativas.
El mago seguía dando vueltas buscando la mejor forma de hacerse entender por el escritor.
-Lo único que importa ahora es salvar a Kronniak. Y cuanto antes nos pongamos en ello, mejor.- Interrumpió Hulna, entrando en la estancia de improviso. Se había cambiado de ropa y ahora lucía sus encantos con descaro. A modo de corpiño llevaba un peto de metal negro, sin hombros, por el que se adivinaba la curva generosa de sus pechos. La falda era de gasa azul oscuro, con dos aberturas laterales que mostraban sus piernas kilométricas al andar. Llevaba el largo cabello recogido en una cola alta y su único adorno era una tobillera de oro, en el pie izquierdo, con una gema en el centro.
El escritor contempló detenidamente a la mujer, que encendió una lámpara de aceite para iluminar algo más la habitación en penumbra. Se sentía íntimamente orgulloso de haber creado a aquella espléndida criatura. Por un instante tuvo que reprimir un primitivo impulso que se despertó en él frente a aquella mujer hermosa. ¡Blay!, se dijo,¡no seas animal!... después de todo ella es… como tu propia hija.
El repentino sentimiento de paternidad le provocó una sonrisa divertida. Pero en el fondo era algo así. Cuando un escritor crea un personaje, éste se convierte en un hijo, en un ser salido de su mente, su corazón y sus manos. Aunque, a decir verdad, la cosa no se veía tan clara cuando dicho personaje cobra forma tridimensional y te habla y se mueve ante tus ojos como un ser humano normal absolutamente autónomo.
-Quisiera saber cómo. –Blay apartó su arrebato progenitor e intentó centrarse en el maremagno de preguntas que se agolpaban una tras otra en su mente. Hulna colocó la lámpara en la mesa y se sentó junto a él.
-Debes reunir a tus… “héroes”- replicó ella con una sonrisilla irónica.- Y encontrar a Farlow para impedir que destruya el planeta.
Blay supo que el sarcasmo de la mujer obedecía a la animadversión que sentía hacia los “buenos” de su novela. Eran sus enemigos naturales y se habían enfrentado a ella para arrebatarle el poder que ejercía de forma tiránica y obsesiva.
Al principio le sorprendió su aparente alianza con Quilvin, pero comprendía que era su ambición lo que la llevó a buscar al mago de la túnica verde para evitar la destrucción de Kronniak. Sin planeta no había nada sobre qué gobernar y la mujer sabía que Quilvin no rechazaría ni la ayuda del mismísimo demonio para una causa como aquella, aunque sus ánimos y razones fueran de índole muy diferente.
-¿Farlow ha desaparecido? –inquirió Blay-. Yo no he escrito eso.
- Cuando diste por concluida la novela –explicó el mago arrimando la silla que quedaba libre- Farlow averiguó, no sé cómo, nuestras intenciones de conjurar un hechizo para traerte y liberar a Traylor. Entonces decidió ir a tu mundo también, para destruirte antes de que pudiéramos hacerlo. Afortunadamente nos hemos adelantado. Pero ahora él está libre allá, en esa realidad de la que provienes tú… y desconocemos qué está tramando y cuáles serán sus movimientos.
-En ese caso… debo volver y reescribir el final cuanto antes. – Sentenció Blay convencido ya por completo de su locura. La idea de que un ser de fantasía hubiera saltado de su libro y le buscara por su ciudad para matarlo… era tan absurda que … ¡pero qué puñetas! ¿había algo que no fuera absurdo en todo aquello?
-No –dijo Hulna sin dejar lugar a la duda. –Antes debes liberar a Traylor y luego volverás a tu mundo. Él es tu héroe, amigo, pero con Farlow en tu realidad… no puedes escribir nada. Es un personaje que se te ha escapado. Lo hiciste cruel, poderoso… y muy inteligente. Ahora está libre y actúa con una autonomía que no puedes controlar desde aquí. Sólo cambiando el rumbo de los acontecimientos puedes luchar contra tu malvada criatura.
-A ver si lo entiendo. –Blay se levantó y comenzó a pasear intentando aclarar las ideas, mientras sudaba a mares.- Primero… reúno a los amigos de Traylor; segundo… libero a Traylor; tercero… vuelvo a mi…mi mundo… intento traer de nuevo a Farlow y cuarto… cambio el final de esta jodida novela. ¿es así?
-No lo sabemos exactamente –intervino Quilvin con pesar. – En realidad… no estamos seguros de nada. Pero hay que intentarlo.
Blay se desplomó literalmente hecho polvo, sobre el duro catre y tuvo de nuevo esa sensación de náuseas que le provocaba toda aquella demencia.
-En cualquier caso, mi querido muchacho –el mago dejó caer afectuosamente su enorme mano sobre el hombro de Blay. –ahora debemos descansar. Mañana nos espera un largo camino. Hay que actuar rápido… pero con serenidad y en plenitud de nuestras facultades físicas y psíquicas. Y tú… ahora mismo… no estás en el mejor momento.
-¿Y no puedes realizar un conjuro para ver dónde diablos está Farlow y traerlo tú mismo? A mí me localizaste y trajiste sin problemas. –Blay quería quemar todos los cartuchos.
-Farlow tiene el apoyo de las fuerzas místicas de las tinieblas, maese Blay –le recordó el mago. – Tú me dotaste de un poder limitado, mientras que el suyo es muy grande. Él sabe que yo intentaría encontrarle y ha tomado medidas contra eso. Usa un escudo de fuerza protector que yo jamás conseguiría traspasar con toda mi magia.
El escritor se arrepintió en aquel mismo instante de su torpeza por no haber concedido a Quilvin un poder similar, aunque opuesto, al de Farlow. Y se golpeó la frente con brusquedad a modo de castigo. El mago sonrió como si le hubiera leído el pensamiento, a la vez que le transmitía una paz y un sosiego que consiguieron tranquilizar los atormentados pensamientos que se aglomeraban en su mente.
-Ahora intenta dormir –aconsejó el hechicero- .-Mañana pensarás con más claridad.
Pese a todo pronóstico, Blay durmió y descansó placidamente. Tuvo sueños relajantes en los que una hermosa mujer de cabellos negros y espesas pestañas le envolvía en sus brazos y le hacía olvidar que una vez fue escritor en un mundo lejano…