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jueves, 3 de mayo de 2012

Gmawemba.. historias de África

Gmawemba se sentaba sola. Junto a la ventana, con la mirada perdida hacia el ocaso, más allá de las montañas naranjas que siempre la embrujaron con su misterio… Nada sabía de lo que se extendía después de ellas. Pero intuía que tras aquellas montañas debía existir un mundo en libertad donde las exigencias de la tradición no fueran más que cuentos de viejas. Donde las mujeres podían hablar sin permiso… donde las niñas de quince años no se casaban si no querían.
Al día siguiente, hacia el mediodía, Gmawemba debía abandonar su poblado. Vendrían a buscarla los ancianos de otra aldea, la de su futuro marido. Un hombre al que no conocía. Tal vez tan joven como ella y al que sus padres le habían elegido a ella como mujer, para estrechar lazos entre ambas familias. Sólo sabía de él que se llamaba Engueb y que su padre era muy rico. La dote (la compra por una esposa) era un numeroso rebaño de vacas blancas de grandes cuernos y veinte sacos de trigo de veinticinco kilos cada uno, además de diversos brazaletes, collares, aros y pigmetos varios para las diversas ceremonias.
La familia de Gmawemba había aportado sólo un pequeño cargamento de pieles y el material necesario para la construcción de la casa que compartirían los nuevos esposos.
La diferencia de estatus de la familia de la joven, se compensaba por la belleza de la novia. Gmawemba era famosa por su hermosura, su cuerpo fuerte y su disposición excelente para el trabajo… Aunque también lo era por su espíritu inquieto y sus preguntas impertinentes. No era una niña dócil y cuestionaba contínuamente las tradiciones más ancestrales. Su abuela, Amandside, tenía prisa porque se efectuara el casorio lo más rápidamente posible, antes de que la familia del novio se arrepintiera del compromiso adquirido, porque una niña como Gmawemba podía resultar muy problemática y complicada de llevar.
Gmawemba no durmió aquella noche. Sólo lloró. Lloró porque no quería marcharse. Allí estaba su vida, su familia, sus amigas, su madre… ¿por qué no estaba allí su madre? ¿cómo podía importarle tan poco perderla para siempre?
Ella misma, hace años, tuvo que abandonar su casa y acompañar a Amandside a casa de su hijo. La abuela no había sido una mala suegra. Pero nunca se mostró cariñosa con su nuera. No parecía experimentar ningún sentimiento cuando arrebató a mamá de su hogar entre llantos…
Tampoco ahora los expresaba. Al contrario. No parecía tener ninguna pena por ver a su nieta alejarse de la que hasta ahora había sido su casa.
El día sorprendió a Gmawemba con la cabeza apoyada en la ventana. Su madre y su abuela entraron en el cuarto y, casi sin mediar palabra, la llevaron a rastras hasta el centro de la aldea. Las mujeres solteras, la mayoría amigas desde la infancia, la esperaban con cánticos y risas, alrededor de un gran cuenco con el barro rojo dispuesto para ella.
Los muchachos acompañaban a las mujeres en sus cantos y daban pequeños saltos, como era costumbre, esperando ver cómo preparaban a la futura novia para su partida.
Gmawemba estaba seria. Sus profundos ojos negros los miraba a todos y cada uno, esperando un atisbo de compasión en alguno. Esperando que alguien parara aquella tortura. Amandside se acercó a su nieta con una enorme navaja y comenzó a raparle la cabeza. Uno a uno, sus minúsculos rizos caían al suelo junto con las lágrimas de la niña. Después su propia madre, mojándose las manos en aquel barro rojizo, la embadurnó de pies a cabeza y la volteó para que todos pudieran verla. Un grito como de victoria, retumbó sobre los chamizos de las casas. Alguien dio el aviso. En las puertas de la aldea, un reducido grupo de ancianos y una mujer aún más vieja que Amandside, esperaban para llevarse a la pequeña Gmawenba. Ella sintió que unas manos la empujaban hacia la salida. Eso era todo… ni abrazos, ni besos de despedida… Comenzó a gritar, a llorar desesperadamente. Miraba a su madre pidiendo clemencia… Los ancianos de la aldea de su futuro esposo, la tomaron de las muñecas llevándosela del poblado, mientras gritos de júbilo y risas llenaban el aire del mediodia…

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