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jueves, 3 de mayo de 2012

Historia de Ledin (fragmento III)


El aire fresco de la mañana despertó a Fibis que respiró profundamente, sintiéndose invadido por una repentina y desacostumbrada alegría. Aunque los tánganos no suelen dormir mucho, aquella noche su ojo sano, redondo y saltón, permaneció cerrado durante las largas horas de oscuridad. El bebé tampoco se despertó y ningún potencial peligro en la extensa pradera ,donde habían acampado, vino a perturbar su sueño, por lo que Fibis se encontraba descansado y saludable. Miró alrededor con una extraña sonrisa dibujada en sus torcidos labios. Era, ciertamente, una hermosa mañana. El cielo de azul intenso contrastaba con el verdor, fosforescente casi, de la alta hierba, salpicada aquí y allá por innumerables florecillas amarillas que Fibis identificó como Primaveras… ¡Primaveras! El tángano se puso en pie de un salto y miró alertado a su alrededor. En particular, las hadas aman y protegen a las Primaveras. Donde haya un campo de estas flores, casi seguro que se encuentran las hadas-mariposa, las más pequeñas y traviesas de las de su especie. Con profunda desazón, comprobó que el humano había desaparecido. Demasiado pequeño para alejarse por su propio pie, a Fibis no le cupo duda de que las hadas se lo habían arrebatado durante la noche, inspirándole un encantamiento de sueño profundo del que era imposible despertar hasta bien entrada la mañana, como en efecto había ocurrido. Maldijo mil veces a Sheena por haberle impuesto aquella misión y se dispuso a buscar al infante entre la hierba que sobrepasaba ampliamente su estatura. Parecía un trabajo imposible, pero no le quedaba otro remedio. Incapaz de calcular el tiempo transcurrido de su búsqueda, el tángano se dejó caer, cansado y abatido. Sólo los dioses podrían salvar su cabeza si se presentaba ante la reina con las manos vacías. Dejó que la angustia anidase en su corazón, visualizando terribles imágenes de tortura, durante un largo rato.; hasta que unas voces chillonas y alegres le sacaron de su acongojado trance. Con inquieta curiosidad, se deslizó cautelosamente hasta un roble de grueso tronco, tras el que se agazapó vigilante. Justo después del árbol se iniciaba una bajada suave, formando un pequeño y alegre valle, protegiendo el frondoso bosquecillo del que provenían las voces que alertaran a Fibis. Un poblado de seres diminutos cobijado por renuevos del roble, se había asentado en el tupido valle, constituyendo una especie de mundo aparte, oculto a ojos intrusos y a posibles invasiones. Era un universo mágico y feliz que muy pocos extraños tenían ocasión de disfrutar ni siquiera en sus sueños. Los habitantes de la minúscula aldea rodeaban al bebé humano, saltando y jugueteando, haciendo las delicias del niño que reía sin muestra alguna de recelo. El tángano salió de su escondrijo y se les acercó enojado. -¡Eh, vosotros! ¡Ése renacuajo es mío! Una diminuta criatura alada revoloteó frente a su nariz, gesticulando graciosamente. -¡Ni lo sueñes, enano destartalado! – rechazó el hada, frunciendo sus delicadas cejas.- El bebé ahora es nuestro y se queda con nosotros. Varias decenas de personitas furiosas asomaron entre la hierba con los puños adelantados en actitud amenazante. Fibis sabía que no debía menospreciar a aquellos seres, a pesar de su tamaño. Sus hechizos y maldiciones podían ser más poderosos que la embestida de un feroz guerrero de las hordas al mando de Sheena. Tragó saliva y dulcificó su actitud, tratando que la diplomacia fuera más efectiva que la fuerza. -Sólo es un bebé. –Dijo intentando sonreir. – Los humanos son vuestros enemigos ¿no es cierto? ¿Para qué diablos lo queréis? -Sólo es un bebé. –repitió el ser alado con los brazos en jarra. –Y es inofensivo. Además…si te lo entregáramos ¿Qué harías tú con él? Fibis suspiró profundamente y se dispuso a contar la verdad con resignación. Tarde o temprano, las hadas habrían usado sus nada agradables métodos para arrancarle la información. -Está bien-dijo- Ya han pasado los siete años. Esta vez le toca al pueblo de la reina Sheena pagar el diezmo a O¨Donow. El pequeño es la víctima del sacrificio.

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