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jueves, 3 de mayo de 2012

Historia de Ledín (fragmento IV)


Cuarto y último fragmento, a modo de prólogo de la novelilla que escribí para mi hija.


La gente del singular poblado se estremeció. Murmuraron entre ellos con actitud medrosa, formando pequeños corros, intercambiando criterios y mirando de cuando en cuando con claro recelo al intruso de cuerpo asimétrico.
Una vez llegados a un dictamen popular, el hada-mariposa portavoz se adelantó y encaró al horrible tángano que aguardaba impaciente.
-Así que el diezmo…-comenzó el hada como un fiscal, paseándose con las manos a la espalda frente al acusado. – Y supongo que en el lugar del bebé humano habrás dejado otro niño tángano, como manda la tradición…
Observó que la cuenca de su ojo sano se desbordaba, sujetando apenas el prominente globo ocular que amenazaba con desprenderse. El tángano se arrodilló tristemente, ocultando su fea cara tras sendas manos oscuras y destartaladas. El hada pareció sorprenderse de aquella inusual muestra de sentimientos en un ser de tan baja calaña, como era sabido por todos. Revoloteó indecisa sobre su cabeza y luego tomó asiento en una piedra frente al tángano, mirándolo con cierta compasión.
-Tu ama te exigió que en su lugar dejaras a tu hijo ¿me equivoco? –Aventuró el hada. Fibis asintió sin levantar la cabeza.
-Y no fuiste capaz de hacerlo, claro…
El tángano asintió de nuevo. Para que el diezmo fuera efectivo , se hacía necesario el intercambio de víctimas. Así lo exigía el culto a O´Donow. Cualquier alteración de las normas podría acarrear consecuencias nefastas al pueblo encargado de pagar el tributo y, particularmente, sobre el infame traidor que se atreviera a retar de esta forma al cruel dios de la oscuridad.
Y él lo había hecho. Incapaz de abandonar a su retoño en la cuna del humano, había depositado en su lugar un pequeño trozo de madera tallada con forma de bebé tángano, envuelto en pañales. Antes de iniciar su viaje había ocultado a su hijo y a la madre, intentando que escaparan de la ira real, si su transgresión de la regla fuera descubierta. Fibis sabía que su cabeza peligraba seriamente. Tanto si llegaba ante Sheena con las manos vacías como si, aun presentando la víctima, alguien denunciaba que no se había realizado el intercambio. De cualquier forma estaba perdido.
-Hace tan sólo unos meses que nació mi pequeñín. –Lloriqueó el tángano.- Lorna, mi compañera, estaba muy ilusionada. A mí me hacía feliz verla tan contenta y además…-Fibis se interrumpió con un gemido.- Es mi hijo, no puedo abandonarlo en manos de los humanos. Lo matarían creyendo que es un ser maligno debido a su aspecto, extraño y terrible para esta raza mezquina.
El hada palmeó torpemente el hombro de tángano con su mano diminuta. Había que encontrar una solución.
-El pequeño se queda. –Gritó una voz de entre la multitud. –No podemos entregárselo a Sheena.
Otras voces chillonas se unieron a la primera, aseverando la decisión. Fibis miró al bebé con algo parecido a una sonrisa en sus finos labios deformes.
-Hay que hablarle mucho para que se duerma. Es un poco pesado, ¿sabéis?
El niño lanzó un dulce sonido gutural y sonrió agarrando el dedo de Fibis. El tángano se desprendió cuidadosamente del pequeño y comenzó a alejarse con pasos lentos y tristes.
-¡Eh! – Llamó el hada. Fibis se volvió despacio. -¿Qué vas a hacer tú?
El tángano se encogió de hombros. No podía saberlo. Si volvía estaba perdido. Sheena no dudaría en hacer rodar su cabeza. Si no lo hacía… sería perseguido hasta dar con él.
Fibis reinició su camino cabizbajo.
-¿Sabes? –le detuvo de nuevo la pequeña criatura, atusándose su larga melena azul. –Nos hará falta alguien de tu tamaño para manejar al bebé. Podrías…
Un brillo alegre destelló en su ojo sano y la boca del tángano se abrió de par en par, mostrando sus enormes dientes amarillos, exultante de gozo, antes de contestar que sí.

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