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hojass

jueves, 3 de mayo de 2012

La vida secreta de las verduras (fragmento V)


La cena fue deliciosa, como siempre. La mesa, dispuesta con todo lujo de detalles, parecÁ­a sacada de una revista de esas que te proponen muebles imposibles, en casas imposibles, pero que hacen soÁ±ar a las ingenuas que compran mensualmente la publicaciÁ³n, esperando la varita mÁ¡gica de regalo que transforme sus prudentitos hogares de noventa metros en aquellas mansiones de locura.




DespuÁ©s del prometido postre, se acomodaron en el sofÁ¡ y fue entonces cuando Alberto se excusÁ³, porque varios licenciados iban a reunirse para discutir sobre un importante caso de malversaciones financieras y querÁ­an su inestimable colaboraciÁ³n y consejo. Merche no se sorprendiÁ³. Puso una expresiÁ³n inescrutable al recibir el beso de Judas y ni le vio marcharse tras una breve despedida.




-Un poco tarde para una reuniÁ³n de trabajo Á¿no? á??dijo Isabel en tono de sospecha, ya solas.




Merche se encogiÁ³ de hombros.




-Ya lo conoces. Su bragueta es la jaula de un inquieto pajarillo que revolotea Á¡vido de otros nidos.




-Hija, lo dices con una calma tan poÁ©ticaá?¦




-Mientras yo pueda hacer y deshacer a mi antojo, que meta su pajarito donde le plazca.




- Yo le habrÁ­a abandonado hace tiempo á??asegurÁ³ Isabel pensando en su Enrique.




Á¿QuÁ© andarÁ­a haciendo a estas horas? Sus continuos viajes como representante le mantenÁ­an alejado de casa durante muchos dÁ­as varias veces al mes. No sabÁ­a exactamente en quÁ© consistÁ­a su trabajo. Durante trece aÁ±os de matrimonio sÁ³lo estaba segura de una cosa : su marido era representante. Era casi un misterio para ella quÁ© puÁ±etas representaba y eso que Quique se lo explicaba cuantas veces quisiera, pero como siempre lo hacÁ­a con las mismas palabras, Isabel habÁ­a dejado de preguntar.




Lo que mÁ¡s le intrigaba era quÁ© estarÁ­a haciendo cuando no trabajaba. Sus viajes a Madrid, Barcelona, Valencia, tan lejos de su alcance, eran campos sembrados para la infidelidad. SÁ³lo de pensarlo se le agarrotaba el corazÁ³n y si Enrique hubiera estado a mano en aquel momentoá?¦ le habrÁ­a atizado con ganas con el portavelas de bronce que decoraba la mesita de Merche, por si acaso.




Lo cierto es que nunca habÁ­a tenido pruebas que confirmasen sus temores. Ni un pelo rubio en la chaqueta, ni manchas de carmÁ­n en el cuello de la camisaá?¦ nada. Ni siquiera un nÁºmero de telÁ©fono olvidado en el bolsillo. De todas formas nunca venÁ­a mal estar preparada. La tranquilidad casi artÁ­stica con que Merceditas encajaba su descarada cornamenta le sacaba de quicio.




- No es que no le quiera, entiÁ©ndeme á??se apresurÁ³ a aclarar Merche, adivinando las sospechas de su amiga. á??Y supongo que Á©l tambiÁ©n me quiereá?¦ a su manera. Pero hemos llegado a un punto en el que ni Alberto ni yo planteamos nuestro matrimonio como una dulce cadena en la que ambos somos imprescindibles. Estamos bien juntos. Yo le ofrezco la estabilidad que necesita y Á©l me da una posiciÁ³n acomodada que me permite desarrollar mi profesiÁ³n a un alto nivel. Es una situaciÁ³n cÁ³moda para ambos.

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