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hojass

jueves, 3 de mayo de 2012

La vida secreta de las verduras (fragmento II)

> Examinó detenidamente a las personas que aguardaban su turno
>frente a las verduras. Había un caballero muy serio que llegó detrás
>de ella, con aspecto de militar jubilado, severo y digno. Miraba los
>racimos de plátanos con añoranza, quizá pensando en su
>juventud....El tiempo pasa, amigo. Pensó Isabel con una sonrisa.
> El verdulero atendía a una señora rubia, demasiado arreglada
>para esas horas. Parecía que iba al teatro en lugar de al mercado.
>Probablemente había dejado su casa como los chorros del oro antes de
>salir. Tendría la comida medio planteada y una lavadora por tender.
>A las cuatro estaría lista para salir de compras al centro y llegar
>antes de que las tiendas abrieran, para no perder comba. Seguramente
>no compraría nada, pero en algo tendría que ocupar la tarde.
>Incrustaría sus sueños en las lunas de los escaparates y hasta puede
>que se parase a tomar un café simulando conversar con una amiga
>inexistente, de esas que se pierden cuando una se casa... A las
>ocho, religiosamente, de vuelta a casa para tener la cena dispuesta.
>Plancharía la ropa, montones de prendas acumuladas por el tedio y la
>soledad. Vería un poco la tele y a la noche cumpliría con su
>ardiente esposo que, tras diez minutos de un aburrido encuentro
>sexual, le mostraría su despoblada nuca y murmuraría algo parecido a
>un buenas noches, despiértame a las siete. Luego, ella repasaría sus
>quehaceres de mañana y, probablemente, se quedaría con la mirada
>prendida en el techo, sin nada más que el silencio, roto por una
>enamorada serenata de ronquidos rítmicos que acompañaban cada noche
>su insomnio.
> Isabel se vio a sí misma dentro de unos años y sacudió
>horrorizada la cabeza. Por culpa de su manía analítica, acababan de
>quitarle la vez.
> -Ahora voy yo -dijo intentando que su voz sonara firme y segura.
> -Pobrecillo !! -replicó una anciana vestida de riguroso luto,
>que Isabel no había visto llegar. -No vamos a dejar que espere,
>mujer...
> ¡Ahí estaba de nuevo! El varón de piernas menos resistentes que
>las suyas, el hombrecito que no podía arriesgarse a ser visto por
>sus amigotes en el mercado, esperando su turno.
> A Isabel le pareció saludable y de cuerpo robusto, capaz de
>aguantar otros cinco minutos con la nariz dentro de los plátanos.
> -De acuerdo -dijo sin embargo. Y se encontró sonriendo
>estúpidamente al caballero con pinta de general, que le dedicó una
>condescendiente inclinación de cabeza. Cuando se marchó no le
>pareció oportuno dar las gracias por cederle la vez. ¡En fin! ¡Así
>son ellos! Unos perdonavidas que te conceden el privilegio de la
>coexistencia.... y ya es bastante.
> Isabel compró rápida y cabreada, pero su dignidad ya no tenía
>salvación. Se había dejado llevar por la corriente del
>conformismo.En trece años como ama de casa había tenido tiempo de
>adaptarse.
> Mientras metía unas berenjenas preciosas en la bolsa, le pareció
>que alguien la observaba detenidamente. Desechó la idea al momento.
>Desde luego no podía ser a ella, porque no se trataba del carnicero
>ni del encantador malaspulgas que vendía especias. Era un hombre demasiado atractivo. Alto como una torre, de piel negra, como una estatua de ébano,inquietante,misterioso… Sin duda miraba a
>la joven policía municipal que paseaba orgullosamente su uniforme
>entre los puestos, saludando cortésmente con la flamante gorra de
>plato.
> Era mona, claro... pero a decir verdad aquellos pantalones le
>hacían un culo enorme.(grrrrrrrrr
>malditaniñatadeventipocosañostecreesqueporqueeresjovenyllevasuniformevasaserelcentrodemiradas).
> Cuando pagó la compra y saludó entre dientes a la policía, pasó
>a escasos centímetros del individuo que incrustó sus ojos negros y
>misteriosos en Isabel. Sin creerlo del todo, notó como aquellos ojos
>se clavaban en ella y la seguían hasta la salida. Sintió un
>escalofrío que no le desagradó del todo. Cuando bajó las escaleras
>del mercado comprobó que el pantalón no le había estallado y que la
>trenza seguía intacta. No tenía ningún hilo colgando, ni se había
>hecho un siete en la blusa. Entonces... ¿por qué diablos la miraba
>aquel tipo?

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