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hojass

jueves, 3 de mayo de 2012

Nacho

Nacho era mi amigo.
Tenía una minusvalía psíquica que yo no percibí. Los niños no sabemos de esas cosas. Son los adultos los que se empeñan en ponerle nombre a todo.
Nacho era mi compañero de juegos. Salíamos a la calle (cuando los niños de seis años podíamos salir solos a jugar en la calle) y corríamos mil aventuras.
Él era el Capitán América y yo la Mujer Maravilla.
Nuestras bicis no eran tales, sino veloces corceles con los que acudir a salvar a los inocentes.
El “Campillo” (un terreno de matorral hoy ocupado por un polideportivo y una biblioteca) era una extensa pradera donde cabalgaba libre el Zorro y su fiel escudero le seguía. A veces, “el Campillo” era invadido felizmente por la feria ambulante, allá por San Sebastián, con su algodón dulce, sus manzanas de caramelo y sus “cacharritos” para celebrar la festividad del santo. Y allí íbamos, Nacho y yo, de la mano y felices.
La calle era nuestra. Apenas pasaban coches y el único peligro que conocíamos era el famoso y temido “hombre del saco” a quien la fortuna no quiso cruzar nunca en nuestro camino.
Yo adoraba a Nacho, mi amigo.
Recuerdo un día en que al cruzar la acera, Nacho tropezó cayendo de bruces sobre el asfalto, tan poco transitado (como digo) por vehículos de cuatro ruedas. Pero aquel día quiso el azar hacer coincidir el traspiés de Nacho de sólo cuatro añitos, con un coche gris enorme que venía a una velocidad que a mí se me antojó endiablada.
Mi mente de seis años reaccionó de un modo ilógico y precipitado. Pero yo (ya entonces niña de impulsos) en lugar de tirar de sus huesos menudos hacia arriba, opté por lanzarme sobre él y protegerlo con mi cuerpo.
Aún permanece en mi memoria el morro de aquel coche a escasos centímetros de mi nariz. Mi siguiente reacción fue incorporarme rápido (una vez comprobado que el coche ya no nos iba a pasar por encima) y arrastrar conmigo el cuerpo flaco de mi amigo. Y seguimos corriendo felices inmersos en una nueva aventura.
Transcurrió el tiempo y mientras yo crecía a pasos agigantados mi amigo Nacho lo hacía de forma más lenta. La vida tiene esas cosas y quiso distanciarnos.
Las circunstancias cambiaron y con la edad comprendí y vi diferencias que no percibía de niña. ¡maldita maestra la vida que nos coloca barreras ¡
Supe que Nacho tenía un síndrome con un nombre raro. Pero, al contrario de lo que muchos piensan, yo no me haría mayor mientras él sería un niño para siempre.
No. Ése es Peter Pan… y es un cuento. Nacho maduró a un ritmo distinto del mío. Eso es todo.
Muchos años después de haberle perdido la pista, yo paseaba por la orilla de mi playa, seguramente dándole vueltas a las cosas importantes que pensamos los adultos. Había visto a Nacho sentado en la arena unos pasos más allá. Pero no fui capaz de acercarme a mi amigo de la infancia por la falsa idea de que él ya no me reconocería. Que su mentalidad de eterno niño me había borrado para siempre de su memoria.
Seguí paseando, salpicándome de espuma y de recuerdos. De pronto sentí junto a mí una presencia grande y del todo deliciosa.
- ¡Hombre! María José…. –Oí a mis espaldas-¡ Mi vieja y querida amiga.!
Juro que el Conocimiento se abrió paso en mi mente en aquel mismo instante. Fue como si la Conciencia se expandiera y la luz inundara los rincones más escondidos de la razón.
Sentí vergüenza de mis prejuicios. Vi la gran equivocación del mundo. La falacia de la gente “normal” que no sabe ni entiende absolutamente nada de aquellos que son “diferentes”.
Lo miré con sorpresa y alegría. Le sonreí. Le di dos besos y le hablé con la misma franqueza y naturalidad que si hubiera sido cualquier otro amigo de la infancia.
- No estaba segura de que fueras a reconocerme – le dije.
- Yo nunca podré olvidar a mi amiga.
Sus ojos azules se clavaron en mí y conseguí ver a aquel niño flaco y menudo con el que pasaba horas de juegos y amor infinitos.
Ahora era grande y había engordado mucho. Pero seguía siendo mi amigo Nacho

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