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hojass

viernes, 4 de mayo de 2012

A todas mis fresas (continuación)


Al margen de lo humanamente aprendido, también estoy enriqueciendo mis conocimientos “técnicos”, no creáis.
A ver, por ejemplo: ¿sabíais que hay tres tipos básicos de fresas? A saber: Candonga, Cama Rosa y Festival. (además de sus variantes hidropónicas, que no tengo ni idea de qué puñetas es … pero queda genial).
La Cama Rosa es la fresa más común, de un rojo intenso y con forma de lengua. La Candonga es redondita, de rojo vivo y muy coqueta ella. Y la Festival es la más feúcha. Con forma alargada, de un tono rojo parduzco y la más resistente de todas.
Esto es de� manera genérica… porque� luego ya la madre Naturaleza se encarga de darles formas caprichosas hasta el punto de que alguna parece cualquier cosa menos una fresa.
Cuando la fruta llega a nuestras manos comienza lo que básicamente es la manipulación. Es decir: manosear (con guantes, eso sí) las tarrinas que nos llegan del campo e iniciar la purga de la fresa.
Hay que revisarlas bien, quitando las feas, las espachurrás, las podridas… (¡Ay si yo os contara la fauna que se encuentra una!) Esta fruta chuchurría va a parar al “estrío” que son cajas donde se recoge la fresa que ira para la industria. Básicamente su destino son yogures, batidos, helados… ¿hace uno?
�Luego se procede a lo que viene a llamarse “acostar la fresa”. Osea, a tumbarlas pieza por pieza de manera que el rabito verde no quede a la vista y dejar de cara la parte más lustrosa del fruto.
Si el cliente es “especial” las tarrinas deben ir “acareadas”, que consiste en acostarlas todas hacia el mismo lado, quedando la mar de coquetuelas. Esto es muy entretenido y se pierde mucho tiempo. Afortunadamente no es lo habitual.
En ocasiones hay que ponerles tapas a las tarrinas… y eso sí que es puñetero. ¿Alguno pensaba que de las tarrinas cerradas se encargaba una máquina? Ya os digo yo que no. Conseguir que la puñetera tapa encaje es todo un arte… y bueno… para qué os voy a contar los sudores que paso bajo el gorrito de rejilla… La mayor parte de las fresas saltan hacia fuera cuando intento acoplar la condenada tapa…
Volviendo a la fauna… hay gusanitos mil. Pequeños y verdecillos ellos… que acaban en las manos de Cristina, la coleccionista de gusanos. No le pregunto qué hace con ellos… no sea que me responda con una receta culinaria y acabe con las tripas revueltas.
También hemos encontrado alguna lagartija y salamanquesas varias. Os podéis imaginar el griterío que se forma… Por fortuna contamos con la inestimable presencia de Ovidio, un rumano alto como una torre que es el encargado de salvarnos de las fieras ocultas entre las cajas.
Luego están los mosquitos. Ninguno baja de los dos centímetros. Levantas una fresa… y ahí están los malditos, agazapados, esperando sigilosos el momento oportuno de lanzarse a tu cuello como vampiros hambrientos de sangre. Te atacan sin piedad… y acabas con picores por todo el cuerpo, la cabeza, el escote, los ojos… en fin… que manipular fresas es lo más parecido a un safari o a un deporte de� riesgo.
To be continue…. (o no, ya veré)


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