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hojass

viernes, 4 de mayo de 2012

A todas mis fresas


¡Qué impotencia!- Y los ojos de Cinta reflejaban exactamente eso. Por primera vez desde que la conozco el rostro hermoso de esta mujer expresaba una tristeza infinita. Me conmovió su gesto abatido. Ella… que es una explosión de vida. Un volcán de alegría.
Cinta tiene esa belleza bruta que avasalla, que puede con todo. Es una mujer grande en todos los sentidos. Un físico poderoso y un vozarrón que enmudece el mundo alrededor.
- Y el trato vejatorio…- apostilló Lola con un brillo apagado en sus ojos verdes.- Te tratan como una mierda. No eres nadie para ellas.
“Ellas” son “las de arriba”. Las jefas. Las que tienen el poder. Las que deciden. Las que saben que las mujeres están a su merced porque este trabajo de mierda es el pan de sus hijos.
Paseo la mirada por todo el comedor y observo los distintos rostros que mueven deprisa las mandíbulas, en la media hora que tienen para comer. Con suerte les dará tiempo a fumarse un cigarrillo después, antes de volver al trabajo cansado y monótono. A la orden de Catalina ,la encargada, una mujer pequeñita de unos cincuenta y tantos años,(“vaaaaamoooos”) todas volverán a sus puestos, obedientes, a mover los dedos lo más rápido que puedan. Aguantarán sus ganas de ir al baño (porque saben que les apuntan los minutos que tardan), no hablarán mucho… porque hay cámaras que vigilan, cuando no son “las de arriba” quienes directamente se asoman a la ventana que comunica las oficinas con la nave, y se ponen tiesas como estacas, asegurándose de que las acojonan lo suficiente como para que no dejen de mover las manos manipulando fresas. Entran ganas de decir aquello de “por favor, no den de comer a los monos”. Porque esa es la sensación que dan. Observadoras curiosas de la jaula de los monos que hacen monadas abajo.
Las mujeres tienen una palabra clave para alertarse entre ellas cuando alguna de las de arriba hacen acto de presencia: “Tormenta”. En el instante en que alguien pronuncia esa palabra todas las cabezas se agachan y el mutismo se establece como un código. Todas a currar calladitas como en el cole… que viene la seño.
Me siento un poco intrusa entre ellas. Sobre todo cuando aseguran que si sus maridos ganaran 1200 euros al mes no estarían ellas manipulando fresas y aguantando las injusticias de “las de arriba”, ni el dolor de espalda, ni los insufribles mosquitos (que son como caballos), ni las reacciones alérgicas, ni los picores…
Mis ingresos doblan con creces esa cantidad y sin embargo estoy aquí... buscando una pequeña ayuda para aportar en casa, porque los estudios de la niña nos van a desbaratar el presupuesto. Si a mí me cuesta...¿cómo demonios hacen estas mujeres para llegar a fin de mes? Vale que yo tengo cuatro hijos y el sueldo debo dividirlo entre seis… pero muchas de ellas también tienen familias numerosas.
No es que me avergüence… eso nunca. Pero me enseña el valor de las cosas. Aprendo de otra realidad que, por la razón que sea, sólo conocía desde afuera.
Sí…aprendo muchas cosas cada día. Y doy gracias por esta bendición que ha supuesto para mí acercarme a este otro lado que no había pisado y me resulta tan nuevo..
Miro a Elena… en su rinconcito. Masticando apresuradamente. Con el pensamiento vuelto hacia su Rumanía natal. Cuatro años fuera de su mundo. Conoció aquí a su marido y se quedó. Aunque él sea español… ella sigue siendo una extranjera fuera de sitio. Elena es maestra. Educada, dulce hasta el extremo. Tiene sólo cuarenta y dos años… pero su rostro está marcado por arrugas profundas. Marcas de una vida difícil que la ha hecho envejecer prematuramente.
Más allá Hathina y Aysha apuran su menú exento de cerdo, naturalmente. Lucen su consabido pañuelo y sobre él el gorrito blanco de manipuladoras. Cerca, Abdhull, Abdhyll y Mohamed han terminado ya su almuerzo y apuran la lata de cerveza. (¿cerveza? ¿cómo era aquello de que un musulmán no podía consumir alcohol?) Está claro que la gente “normal” lo es en cualquier confesión e idioma. Y después, si hay tiempo, el porrito en la calle, donde las polacas y la checa prefieren comer, haga frío o sol de justicia.
Shaska, Goskha y Anieshka… (o algo así). Ésta última es la simpatía pura. Con una cara redonda y coloradota , chapurrea bastante bien el español. Aunque la palabra que mejor le sale es “mammonnnna”. Y la dice así, inflando mucho los mofletes y enfatizando la “n”.
Yvanna, la checa, prefiere decir “coñññio” … y se ríe cada vez. La repite una y mil veces, orgullosa de su “extenso” vocabulario español.
Yvanna tiene un aspecto absolutamente masculino. De hecho, la primera vez que la vi pensé que era un hombre. Muy morena, entrada en carnes, con el pelo muy corto y un look rapero. Pantalón a media pantorrilla, chaqueta de chándal, gafas oscuras y gorra de visera. Las malas lenguas la llaman “el hombre de la nave”. Pero Yvanna tiene una voz dulce como un ruiseñor, y su cara se ilumina con una bella sonrisa cuando le das los buenos días o le deseas buen provecho. Es divertido escuchar su forma de expresarse en su escaso español unido al lenguaje de los gestos.
Y luego están las niñas. Insultantemente jóvenes y monas ellas. Son “la Yesi”, “la Alba” y “la Sarai”. Ellas se aíslan un poco. Comen apartadas para charlar de sus cosas. Y, si hace sol, lo hacen afuera. Se levantan la ropa y dejan su tripita al aire para pillar moreno antes que llegue el verano. Ni que decir tiene que a los tres moros se les ponen los ojos a cuadritos y las rondan como abejas a la miel.
Es divertido oir a Catalina llamando a Mohamed.
“¡¡Rubioooooooooooooo!!, ¡¡ven pa`caaaaaaaaaaaá!!”.
Mohamed es moreno como un churrasco. Muy joven y guapo el jodío. Aunque le falten varios dientes. Pero si mantiene la boca cerrada conserva su atractivo intacto.
Su piel oscura llega a tomar un tono sonrosado cuando Cinta le suelta una de sus múltiples burradas. Pensaba reproducirlas aquí… pero mejor no… que son muy gordas. Imaginad las cosas más bestias que se os puedan ocurrir… y acertaréis.
Él sólo sonríe tímidamente y corre a refugiarse a la nave, esperando que aparezca Shaska, la polaca menuda y blanca, por la que bebe los vientos.
Continuará…

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