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hojass

jueves, 3 de mayo de 2012

¡¡Yo quiero un negro!!

-Pero hija… alguno habrá que te guste!! - El rey miraba desesperado a su hermosa hija después de haber rechazado a cuanto príncipe solicitaba su mano.
-Lo siento padre, pero yo… yo quiero un negro.
Así respondía siempre, como un mantra . El rey no podía entender aquella fijación de la princesa. ¡Aquellos malditos libros! Seguro que aquella absurda idea la había sacado de sus interminables jornadas encerrada en su cuarto, bajo una montaña de libros. La información puede ser peligrosa, se dijo el rey. La niña aprende, descubre, conoce… y claro… le entran las ansias. Si fuera dócil y obediente aceptaría sin discusión mis consejos y contraería matrimonio con quien a su padre le parezca bien… pero no… ¡mi niña quiere un negro! ¿y de dónde saco yo un príncipe negro para contentar a mi hija? De todos los herederos que vienen a mi reino solicitando su mano… ni uno es lo bastante oscuro para hacerla feliz.
Una tarde, la princesa caprichosa paseaba con su dama de compañía por el mercado y vio entre la multitud un gigante negro, hermosísimo, junto a un joven de aspecto saludable y atractivo, que clavó su mirada en ella quedándose prendado al instante de su porte altivo y su bello rostro. Pero ella sólo tuvo ojos para el negro enorme que lo acompañaba.
Corrió junto a su padre y le dio la feliz noticia de que había encontrado a quien sería su futuro marido.
-Pero hija… no es más que un sirviente del príncipe Blanco. Yo necesito un heredero para el trono… y ese negro del que hablas no es de sangre real.
-O ese negro… -replicó ella levantando la nariz – o no hay boda.
El rey, desesperado, mandó emisarios en busca del príncipe Blanco y le expuso la situación y las condiciones que su hija le ponía.
Blanco sintió un puñal de dolor ante el rechazo de la princesa y su preferencia por el negro, pero maquinó un plan seguro de que no podía fallarle.
Buscó a la dama de compañía de la princesa y habló con ella.
-Dile a tu ama que, esta noche, cuando la luna alcance las palmeras de su jardín, mi negro acudirá a su cita y le hará el amor hasta dejarla exhausta. Si queda complacida, le servirá de marido. Sólo una condición pongo: Que en ningún momento de la noche habrá de encender la lámpara. El encuentro será a oscuras y antes de que amanezca mi negro habrá de abandonar su alcoba.
Así se lo expuso la dama de compañía a su princesa y así lo aceptó ella, relamiéndose ante la perspectiva de que al fin su sueño se haría realidad.
Tal como acordaron, llegando la luna a rozar las palmeras del jardín, una figura saltó el muro alrededor de palacio y, más tarde, escalaba la pared de la torre alcanzando al fin la ventana del dormitorio principesco.
La princesa aguardaba ansiosa en su cama, desnuda y húmeda tan sólo imaginando la noche de pasión que le aguardaba.
No le defraudó su negro. Sus manos tan expertas, recorrieron su piel milímetro a milímetro. Su boca encontró lugares que ni ella sabía que existieran. Su lengua lamió cada poro reservado a aquella noche soñada tantas veces.
La montó de mil maneras como jinete experto que era. La penetró con pericia hasta la saciedad. Sintió su potencia sexual con admiración. Aquel pene no era humano –se dijo la princesa- Es cierto lo que he leído de los negros. Su verga es enorme, poderosa… única para hacer gozar a una mujer. ¡Ya sabía yo que sólo un negro sería capaz de complacerme.
Pero, como todo lo bueno, aquella pasión desatada en la alcoba tuvo su punto final. Antes de que la primera luz de la alborada se asomase a la ventana anunciado el día, Negro recordó que había de marcharse, con la promesa de un próximo encuentro y de alguna sorpresa antes de que acabara el día.
El rey… al enterarse de lo ocurrido aquella noche, quiso restablecer el honor de su hija y ordenó la presencia inmediata de Negro bajo amenaza de muerte. Éste acudió acompañado de Blanco, que le precedía feliz, aun con ojeras.
-Tendrás que casarte con mi hija –dijo pesaroso el rey que ya veía un futuro heredero color café. –Eso… o la decapitación.
Negro miró asustado a Blanco, suplicando que le sacara pronto de tal entuerto.
-Mi rey… -comenzó Blanco adelantándose.- No estaría bien casar a su hija con un … inocente. Pues Negro nada tiene que ver con la afrenta a vuestra hija. Sino un servidor que acudió anoche envuelto en la oscuridad sin ser reconocido. Yo yací con la princesa… así que es a mí a quien corresponde reponer su honra.
-¡Miente! –gritó Princesa furiosa – Yo estuve con Negro. Nadie más que un negro puede tener un… tan… ¡miente!
-Majestad – dijo Blanco con mucha tranquilidad. – permitidme que os informe de tal imposibilidad. Negro no ha podido hacer coyunta alguna… pues está tan castrado como un manso.
Dicho esto procedió a bajar los pantalones de su sirviente con un gesto ágil y rápido.
-Como veis… es imposible. Fui yo quien os hizo el amor anoche. Fui yo quien os arrancó esos gritos de placer. Yo quien posee la potencia que os dejó sin habla y complacida. Así pues… mía es vuestra mano.
-¡Nunca! –gritó Princesa obstinada. – Cierto es que nunca me topé con tamaña hermosura. Cierto que vos sois magnífico en las artes del amor y vuestra verga es digna de ser cetro real… pero es que yo…. ¡yo quiero un negro! eek biggrin

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