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hojass

jueves, 3 de mayo de 2012

Si su majestad me requiere


Soy lindo… lo sé. Quizá porque no comparto el gusto general por la moda que impera en la corte y no sigo los usos y costumbres que este barroquismo decadente, recargado y cansino nos impone. Soy lord Charles, el bonito. La fama de mi belleza ruda y varonil se ha extendido por toda Inglaterra. Desde las más altas esferas hasta el último rincón de la campiña.
Huyo de la influencia amanerada que nos llega de la corte francesa. Demasiados lazos… demasiados polvos en los rostros que dan a los hombres aspecto de fulanas decrépitas cuando no de auténticos payasos…
Acusé una vez de mono maricón al conde Peter Howards… y por poco doy con mis huesos en la cárcel. Afortunadamente gozo de los favores de importantes damas de la nobleza que usaron su influencia ante la reina y sólo tuve que dar públicas disculpas al conde y una exagerada compensación económica que restableció su honor. Pero nada puede cambiar la realidad. Peter Howards sigue siendo un mono maricón con más dinero.
La insistencia y propaganda de mis célebres damas ante su majestad despertaron la curiosidad de la reina por conocerme. Por eso me invitó a su fiesta. Quería ver de cerca al hombre tosco y rudo que se niega a adoptar el exagerado refinamiento francés que tanto daño está haciendo al género masculino en Inglaterra. Tal vez su graciosa Majestad eche de menos un varón con modales menos exquisitos pero capaz de hacer sentir a una dama de la realeza lo mismo que a cualquier villana de la campiña. Puede que desee ser simplemente una mujer y no una fábrica de herederos al trono.
Digo todo esto porque no me han pasado por alto las miradas intensas y provocadoras que su Majestad me lanza desde el inquieto abanico con el que pretende disimular su azoramiento. Veo algo más que curiosidad en sus ojos de reina. ¿Deseo? ¿Lascivia quizá?
Para un hombre como yo, acostumbrado a ser objeto de esta clase de miradas, no pasa desapercibido el fogoso interés de una mujer.
Junto a la reina, el soberano bosteza aburrido hasta que descubre el cruce de miradas descaradas entre la real dama y este intruso desgreñado que no se ajusta a los cánones de la moda palaciega. Probablemente no estará de acuerdo con su esposa y mi aspecto le debe resultar repulsivo, siendo él como es el más alto exponente de la cursilería dieciochesca.
La música de un tal Johann Sebastian Bach comienza a sonar en el amplio salón y me siento literalmente arrastrado por una cortesana que me sonríe con descaro. Es lady Marian, una de las damas de compañía de la reina a la que en alguna ocasión me vi obligado a consolar por sus múltiples rupturas amorosas.
-Su Majestad desea veros en privado –me dice con esa mirada de malicia que siempre me ha fascinado de ella.
-¿Vos también le hablasteis de mí? –me sorprendí. De cualquier otra no me hubiera llamado la atención, pero Marian tenía una especial querencia por el lindo lord Charles… que me había resultado engorrosa más de una vez. La lady daba por hecho que los memorables juegos de cama con que la obsequié en numerosas ocasiones le otorgaban ciertos derechos sobre este bonito varón, llegando incluso a pensar que, aquellos más que notables polvos, la llevarían hasta el altar agarrada de mi brazo.
Entiendo que soy un bien codiciado por cuanta dama se cruza en mi camino y quien tiene la suerte de complacerme en la cama no puede menos que desear hacerse con tan delicioso botín.
Pero yo no estoy hecho para ataduras que acaben con mi fama de macho inconquistable. Tengo una reputación que mantener y hay demasiadas damas que desean un hombre de verdad que las cabalgue.
-Su majestad os espera dentro de diez minutos en sus aposentos. –Continuó lady Marian sin desprenderse de aquella sonrisa en sus ojos y en sus labios carnosos que tantas veces he mordisqueado. – Y … -añadió en un tono amenazante que me chocó sobremanera .- si no accedierais a complacerle… temo que vuestra hermosa y masculina cabeza acabaría rodando por el suelo como una lacia sandía.
Sin saber por qué me sentí incómodo. Hasta ahora ninguna mujer me había amenazado por no cumplir sus deseos. Claro que yo… no había rechazado oferta alguna.
- Si su Majestad me requiere… no hagamos esperar a su Majestad.- dije finalmente aún sin entender aquella intimidación real, por otra parte innecesaria.
Busqué con la mirada a la reina y tanto ella como el soberano se habían retirado del salón, a pesar de que la fiesta continuaba en pleno apogeo y toda la estancia era una explosión de color y abuso de los más recargados adornos y ornamentos.
Me dejé guiar por Marian como un niño es llevado hasta su regalo de cumpleaños. Yacer con la reina sería, sin lugar a dudas, el más alto honor que mis codiciados genitales hubieran soñado jamás.
Lady Marian se detuvo al fin ante una puerta de exquisita madera noble con incrustaciones en oro y metales preciosos custodiada por dos hieráticos soldados que ni pestañearon al vernos llegar. Sin duda ya habían recibido estrictas órdenes de franquearnos la entrada. La cortesana iba a empujar la puerta cuando, mirándome aún con esa mirada llena de malicia que comenzaba a inquietarme, se volvió y me dijo.
- Espero que entiendas cuánto honor se te hace, lindo Charles. No nos dejes en mal lugar a cuanta dama hemos dado publicidad a tus … habilidades en las artes amatorias. Pórtate como un machote… y recuerda : Si no complaces a su Majestad…
La última frase la adornó con un gesto que insistía sobre la tonta idea de hacer rodar mi cabeza. La verdad es que ya empezaba a enfadarme. ¿Cuándo se quejó dama alguna?
-Su Majestad será debidamente atendida. –aseguré mientras penetraba en la semi oscuridad de la alcoba real. Sólo tuve tiempo de ver una vez más aquella extraña sonrisita en los labios de Marian.
Al cerrar la noble puerta tras de mí me sorprendió escuchar dos voces femeninas en el pasillo que acababa de abandonar. Una era la de la propia lady Marian.
-¿Volvéis a la fiesta, Majestad?
-Así es -contestó la reina. –Ahora que el rey se retiró a sus aposentos… ¿querréis presentarme a ese semental del que tanto me habéis hablado?

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